Seis meses después de nuestro divorcio, mi exmarido me llamó inesperadamente para invitarme a su boda. Le dije:

La puerta se cerró de golpe.

El silencio lo inundó todo.

Lucas quedó en medio de la habitación, con los brazos caídos, la mirada vacía. El hombre que me había abandonado por “su carrera” parecía ahora alguien que lo había perdido todo.

—Lo siento… —susurró—. No lo sabía. Te juro que no lo sabía.

Reí suavemente, aunque las lágrimas comenzaron a caer.

—Lucas, eso ya no importa.

Se acercó, con los ojos fijos en mi hija dormida en mis brazos.

—¿Cómo… cómo se llama?

—Sofía.

Sonrió débilmente.

—Siempre me gustó ese nombre.

—Pero elegiste irte.

La frase cayó como un golpe final. Bajó la cabeza.

—Me equivoqué.

Miré al hombre que una vez fue mi esposo, el gran amor de mi vida, y comprendí algo con claridad absoluta:
ya no lo amaba.

—Lucas —dije con calma—. Sofía no es tu segunda oportunidad. Es mi vida. Puedes estar aquí como su padre, si realmente lo deseas. Pero no como alguien que intenta reparar sus errores.

Levantó la vista, con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Puedo… cargarla?

Dudé un segundo. Luego asentí.

La tomó con torpeza, como si sostuviera el mundo entero. Sofía se movió un poco y cerró su diminuta mano alrededor de su dedo.

Lucas rompió a llorar.

—Hola, hija… —susurró—. Perdón por llegar tarde.

Mi madre se dio la vuelta, secándose las lágrimas.


Tres meses después.

La boda de Lucas fue cancelada. Su ex prometida desapareció de nuestras vidas tan rápido como había llegado. Escuché que se mudó a otra ciudad, intentando empezar de nuevo.

Lucas cumplió su palabra.

No me pidió volver. No luchó por la custodia. Simplemente apareció, puntual, con leche, pañales y, a veces, historias torpes para una niña que aún no sabía hablar.

Aprendimos a ser padres… no esposos.

Una tarde, cuando Sofía cumplió seis meses, Lucas apareció en la puerta de mi casa, nervioso.

—Me ofrecieron un trabajo en el extranjero —dijo—. El proyecto de mis sueños.

Guardé silencio.

—Pero lo rechacé.

Lo miré sorprendida.

—Por Sofía.

Mi corazón se apretó.

—No quiero huir otra vez —dijo—. Creas en mí o no.

Respiré hondo.

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