La risa en el patio
Una risa cruel llenó el patio de la Academia St. James, una de las escuelas más elitistas de Londres.
Leo Thompson, de doce años, se aferró a las correas de su mochila y siguió caminando. Su impecable camisa blanca y su blazer a medida no ocultaban el ritmo irregular de sus pasos. Cada vez que su pierna protésica tocaba el suelo, se oía un suave clic metálico, un sonido del que sus compañeros de clase se burlaban.
Leo no levantó la vista. Había aprendido que si miraba al suelo el tiempo suficiente, la crueldad del mundo dolía un poco menos.
Pero ese día, el mundo tenía otros planes.
El niño que lo tenía todo, excepto la paz
Leo era el hijo único de Richard Thompson, un magnate inmobiliario multimillonario, dueño de la mitad del paisaje urbano a lo largo del Támesis. Para los forasteros, Leo era la viva imagen del privilegio: intocable, bendecido, admirado.
Pero tras las altas puertas de la mansión familiar, la vida no era dorada. Su madre había fallecido cuando él tenía seis años, en el mismo accidente de coche que le costó la pierna. Su padre estaba de viaje de negocios ese día y, desde entonces, rara vez había estado en casa.
La pierna protésica la fabricó una de las empresas de Richard, un elegante modelo de titanio que valía más que la mayoría de los coches familiares. Era impecable, demasiado impecable. Cada paso le recordaba a Leo que incluso su dolor tenía un precio.
Así que cuando los chicos lo llamaban "niño robot" o "mitad humano", no se defendió. Simplemente se sentó en silencio e intentó desaparecer.

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