Lucas volvió a tomar la cuchara y golpeó la olla grande, un sonido fuerte, grave, constante. Bum. Bum. Bum. —Fuerte —dijo Carmen—. Papá es fuerte. Como un roble. Pero los robles también tienen hojas suaves.
Carmen puso su mano en su propia garganta. —Vamos a usar el instrumento que llevas dentro. No tengas miedo. Nadie nos juzga aquí. Solo somos tú, yo y el sonido.
Lucas respiró hondo. Su pecho pequeño se infló. Abrió la boca. Al principio, no salió nada. Roberto cerró los ojos, rezando a un Dios en el que no creía. Por favor… por favor…
—Paaa… —el sonido fue un graznido, una vibración ronca. Carmen no le corrigió. No le dijo “repite”. Simplemente asintió, animándole con la mirada, transmitiéndole una confianza infinita. —Paaa… —repitió Lucas, esta vez con más fuerza.
Y entonces, sucedió el milagro. No fue un discurso. No fue una frase perfecta. Fue la ruptura de una presa. —Pa… pá. Papá.
La palabra quedó flotando en el aire del salón, más valiosa que todas las acciones de bolsa de Roberto, más preciosa que todos los diamantes de la caja fuerte. —Papá… viene… —dijo Lucas, señalando el dibujo—. Papá… trabaja… papá… me… quiere.
Carmen se secó una lágrima que corría por su mejilla y abrazó al niño con fuerza. —Sí, mi amor. Papá te quiere más que a nada en el mundo. Y cuando te escuche, se pondrá tan feliz que su corazón hará ¡Bum, bum, bum! como el tambor.
Roberto no pudo aguantar más. El dique de su propia contención emocional se rompió. Empujó la puerta, no con ira, sino con desesperación.
Al ver abrirse la puerta, Carmen dio un salto, asustada, poniéndose de pie de inmediato y alisándose el delantal, como una niña atrapada haciendo una travesura. —¡Señor Castillo! Yo… perdone, no escuché el coche… sé que esto parece un desorden, lo recogeré todo ahora mismo, por favor no se enfade con Lucas, fue idea mía…
Carmen hablaba atropelladamente, temiendo por su empleo, temiendo la ira del “Gran Señor”. Pero Roberto no la miraba a ella. Roberto había caído de rodillas en el umbral de la puerta, con el traje arrugado y la corbata deshecha. Las lágrimas corrían libremente por su rostro, sin que él hiciera ningún intento por ocultarlas.
Lucas, al ver a su padre en el suelo, llorando, no huyó. La lección de Carmen había surtido efecto. Papá es fuerte, pero los robles tienen hojas suaves. Lucas se levantó, caminó hacia su padre con sus calcetines de colores y se detuvo frente a él.
Roberto levantó la vista, cegado por el llanto. —Lucas… —susurró, con la voz quebrada.
El niño levantó su mano pequeña y tocó la mejilla mojada de su padre. Luego, con una claridad que resonó como una campana, dijo: —Papá… triste. No… triste. Lucas… habla.
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