Un ruido extraño provenía del salón principal, una habitación que Roberto rara vez usaba y que siempre mantenía cerrada para proteger los muebles antiguos. No era un llanto. No era un grito. Era un sonido rítmico, metálico, seguido de un silencio, y luego… ¿una risa? Roberto se detuvo en seco. ¿Lucas riendo? Eso era imposible. Lucas no reía. Lucas apenas existía en el plano sonoro.
La sospecha se transformó en una curiosidad aterradora. Se quitó los zapatos italianos para no hacer ruido sobre la madera y avanzó hacia las puertas dobles del salón, que estaban entreabiertas apenas unos centímetros. Su corazón latía tan fuerte que temía que se escuchara en toda la casa. Se pegó a la pared y se asomó por la rendija, preparado para gritar, para despedir, para llamar a la policía si era necesario. Pero la escena que se desplegó ante sus ojos paralizó cada músculo de su cuerpo, cortándole la respiración y dejando su mente en blanco, suspendida en un abismo de incredulidad absoluta.
El salón, habitualmente un museo de muebles intocables cubiertos con fundas, estaba irreconocible. Las costosas alfombras persas habían sido apartadas y enrolladas en una esquina. En el centro del suelo de madera pulida, Carmen y Lucas estaban sentados, uno frente al otro, en posición de loto. Pero lo que rodeaba a la pareja no eran libros de texto, ni tablets, ni tarjetas de aprendizaje con dibujos de animales.
Lo que había allí era un caos maravilloso de utensilios de cocina. Ollas de acero inoxidable de diferentes tamaños, sartenes de cobre, tuppers de plástico llenos de arroz, cucharas de madera, batidores de metal y tapas de cacerolas esparcidas como si fueran tesoros.
Carmen tenía los ojos cerrados y una sonrisa serena en el rostro. Sostenía dos cucharas de madera. —Escucha el corazón de la casa, Lucas —susurró ella, con una voz que era pura melodía—. La casa no está callada. La casa canta.
Carmen golpeó suavemente una olla grande: Bum. Luego, rozó un batidor contra una sartén: Shhh-shhh. Y finalizó con un golpe seco en un tupper: Tac. Bum… Shhh-shhh… Tac.
Roberto, observando desde la rendija, sintió una oleada de indignación inicial. ¿Para esto le pagaba? ¿Para jugar con la basura de la cocina? Estaba a punto de irrumpir y acabar con aquella farsa cuando vio a Lucas.
El niño no tenía la mirada perdida de siempre. Sus ojos, habitualmente vidriosos y distantes, estaban fijos en las manos de Carmen con una intensidad que Roberto nunca había visto. Había un brillo de inteligencia, de enfoque, de vida.
—Ahora tú, mi valiente —dijo Carmen suavemente, pasándole las cucharas al niño—. Cuéntame cómo te sientes hoy. No necesitas palabras. Solo sonido.
Lucas tomó las cucharas. Sus manos temblaron levemente, no por debilidad, sino por emoción. Roberto contuvo el aliento. Vamos, hijo, deja eso, pensó, temiendo el fracaso habitual, temiendo ver a su hijo frustrarse y volver a su caparazón.
Pero Lucas no soltó las cucharas. Cerró los ojos, imitando a Carmen. Y entonces, golpeó. No fue un ruido al azar. No fue el golpe torpe de un niño jugando. Lucas reprodujo la secuencia: Bum… Shhh-shhh… Tac. Y luego, añadió algo más. Golpeó dos veces rápidas la tapa de una cacerola, creando un sonido agudo y alegre: ¡Ting-ting!
Carmen abrió los ojos y soltó una carcajada cristalina, aplaudiendo. —¡Eso es! ¡Alegría! ¡Eso suena a alegría, Lucas!
El niño sonrió. Fue una sonrisa amplia, desdentada, genuina, que iluminó su rostro y borró años de diagnósticos médicos sombríos. Pero Carmen no se detuvo allí. Se inclinó hacia adelante, tomando las manos del niño.
—La música es el primer idioma, Lucas. Antes de que los hombres hablaran, golpeaban tambores. Tú tienes la música dentro. Y si tienes música, tienes palabras. Porque las palabras son solo música que sale de la boca.
Carmen se acercó a un pequeño cuaderno viejo y arrugado que descansaba en el suelo. Lo abrió. En él, no había letras perfectas. Había dibujos toscos hechos con crayones. Un sol. Un gato. Y un hombre alto con corbata.
—¿Recuerdas lo que practicamos? —preguntó Carmen, señalando el dibujo del hombre—. Él no está aquí ahora, pero su corazón sí. ¿Cómo suena él?
Lucas miró el dibujo de su padre. Roberto, escondido tras la puerta, sintió un nudo en la garganta tan doloroso que tuvo que apoyarse en el marco para no caer. Se vio a sí mismo en ese dibujo: una figura lejana, alta, imponente.
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