Regresó a casa sin avisar para atrapar a la empleada, pero lo que vio al abrir la puerta lo hizo caer de rodillas y pedir perdón entre lágrimas.

 

La rotación de personal era tan alta que Roberto ya ni siquiera se molestaba en aprenderse los nombres de las cuidadoras. Hasta que llegó Carmen.

Carmen no tenía un currículum impreso en papel de hilo. No tenía masters ni recomendaciones de familias reales. Era una mujer de mediana edad, de caderas anchas y manos ásperas, curtidas por años de trabajo duro. Había llegado a la casa recomendada por la cocinera para ayudar en la limpieza profunda de los tapices, pero el destino, que a veces juega con cartas extrañas, intervino. La última “nana experta” había renunciado esa misma mañana, gritando que el niño era “inquietante” y que la casa era un mausoleo. Roberto, con un viaje urgente a Tokio programado para esa tarde y sin opciones, miró a Carmen, que fregaba el suelo del pasillo.

—¿Sabe cuidar niños? —le preguntó bruscamente, consultando su reloj. Carmen levantó la vista, secándose la frente con el dorso de la mano. Tenía una mirada limpia, sin miedo. —He criado a cuatro, señor. Y a seis nietos. Todos están vivos y son buena gente. Roberto no tenía tiempo para entrevistas. —Contratada. Su única tarea es que el niño coma, se vista y no se haga daño. No intente enseñarle nada, no pierda el tiempo con libros ni juguetes educativos. Los expertos dicen que no procesa información compleja. Solo vigílelo. Vuelvo en una semana.

Así comenzó la estancia de Carmen en la mansión. Durante los primeros meses, Roberto apenas notó su presencia. Ella era como un fantasma eficiente. La casa estaba limpia, Lucas estaba alimentado y vestido impecablemente cuando Roberto llegaba tarde por las noches. Pero había algo diferente. El aire de la casa, antes estéril y cargado de tensión, parecía más ligero. A veces, al pasar por el pasillo, Roberto creía oler aromas que no recordaba: galletas de vainilla, lavanda fresca, cosas que olían a hogar y no a desinfectante industrial. Sin embargo, su cinismo le impedía indagar. “Mientras no me cause problemas, está bien”, pensaba.

Pero la duda es una semilla que, una vez plantada, crece rápido. Una mañana de martes, Roberto estaba en su oficina del piso cuarenta, en medio de una negociación hostil para adquirir una cadena de hoteles. Su teléfono personal vibró. Era su hermana, Clara, la única persona que se atrevía a llamarlo en horario laboral. Clara había pasado por la mansión para recoger unas joyas de la familia que estaban en la caja fuerte.

 

—Roberto, tienes que ir a casa —dijo Clara, su voz era un susurro tenso, cargado de una urgencia que heló la sangre de Roberto. —Clara, estoy en medio de la reunión más importante del trimestre. ¿Se incendió la casa? —No. Es sobre esa mujer… Carmen. Y Lucas. Llegué sin avisar, entré con mi llave y… Roberto, lo que vi en la sala de estar no es normal. No sé qué está haciendo esa mujer con tu hijo, pero no se parece a nada que los médicos hayan recomendado. Creo que se está aprovechando de que tú nunca estás. Deberías ver esto con tus propios ojos antes de que sea tarde.

Roberto colgó el teléfono. La reunión, los millones en juego, los abogados presentes, todo se desvaneció. Una sola imagen se apoderó de su mente: su hijo indefenso, su pequeño Lucas, siendo víctima de una desconocida a la que él había metido en su casa sin apenas referencias. La culpa lo golpeó como un mazo. ¿Y si lo estaba maltratando? ¿Y si lo estaba ignorando mientras ella veía televisión? ¿Y si estaba usando la casa para sus propios fines? La desconfianza, forjada en años de traiciones empresariales, se disparó.

Salió de la oficina sin dar explicaciones, dejando a los socios con la palabra en la boca. Subió a su coche deportivo y condujo hacia las afueras. Cada semáforo en rojo era una tortura. Apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. La ira crecía en su interior, mezclada con un terror profundo. Se había dicho a sí mismo que trabajaba por Lucas, pero si algo le pasaba al niño por su ausencia, ninguna cantidad de dinero podría comprar su redención.

Al llegar a la mansión, el silencio exterior contrastaba con la tormenta en su cabeza. Aparcó el coche lejos de la entrada principal para no alertar a nadie con el ruido del motor. Caminó por el sendero de grava con pasos largos y decididos. Abrió la puerta principal con su llave, girándola lentamente en la cerradura. El vestíbulo estaba desierto. No había nadie en la cocina.

Fue entonces cuando lo escuchó.

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