El reloj de la pared, un antiguo péndulo de caoba importado de Suiza, marcaba los segundos con una precisión casi dolorosa. Tic, tac, tic, tac. Cada golpe resonaba en el inmenso vestíbulo de mármol de la mansión Castillo como el latido de un corazón metálico y frío. Para Roberto Castillo, ese sonido era la banda sonora de su éxito y, al mismo tiempo, el himno de su soledad. Roberto era el tipo de hombre que las revistas de negocios adoraban poner en sus portadas: impecable, visionario, implacable. Había construido un imperio logístico desde la nada, convirtiendo una pequeña flota de camiones heredada en un gigante transnacional. Su fortuna era incalculable, sus propiedades abarcaban tres continentes y su nombre abría puertas que permanecían cerradas para el resto de los mortales. Pero Roberto sabía, en las noches de insomnio, que era el hombre más pobre del mundo.
Su pobreza tenía nombre y rostro: Lucas, su hijo de siete años.
Lucas era un niño de una belleza frágil, con los ojos grandes y oscuros de su madre, quien había fallecido trágicamente poco después del parto. Esa pérdida había petrificado el corazón de Roberto. Se había volcado en el trabajo con una furia maniática, convencido de que amasar fortuna era la única forma de proteger lo único que le quedaba. Sin embargo, en su afán por proteger el futuro de Lucas, había abandonado su presente. Lucas no hablaba. A los tres años, los médicos empezaron a usar términos clínicos: retraso en el desarrollo, mutismo selectivo, trauma emocional profundo. A los cinco, los diagnósticos eran más sombríos. El niño vivía encerrado en una burbuja de silencio, desconectado de la realidad, sin emitir palabra, sin buscar contacto visual, sin reaccionar a los estímulos de un mundo que, para él, era hostil y ruidoso.
La mansión se había convertido en una clínica de lujo. Roberto había contratado a los mejores especialistas de Europa y América. Psicólogos conductuales, logopedas de renombre, niñeras con doctorados en pedagogía infantil. Todas y todos desfilaban por la casa con sus métodos, sus tablas de evaluación y sus promesas. Y todos, invariablemente, fracasaban. Lucas permanecía impasible, sentado en su rincón favorito, mirando el polvo bailar en los rayos de luz, ajeno a los esfuerzos de aquellos extraños que intentaban “arreglarlo” como si fuera una máquina defectuosa. Roberto, frustrado por la falta de resultados, despedía a los profesionales con la misma frialdad con la que despedía a un ejecutivo incompetente. “Si no pueden hacerlo hablar, no me sirven”, decía, firmando cheques de liquidación sin mirar a la cara a nadie.
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