Regresé a casa al mediodía porque había olvidado unos documentos importantes. No esperaba encontrar nada fuera de lo común: el silencio habitual, las cortinas a medio cerrar, el olor del detergente que siempre usábamos los sábados. Pero al pasar frente al baño, noté que la puerta estaba entreabierta. Desde dentro salió una risa que conocía demasiado bien. No era solo una risa: era la combinación exacta de dos voces familiares, relajadas, cómplices, como si no hubiera nada que ocultar.
Me acerqué despacio, con el corazón golpeándome el pecho. Miré por la rendija y el mundo se me partió en dos. Allí estaban: Daniel, mi prometido, sentado dentro de la bañera, y Lucía, mi propia hermana, apoyada contra él. No estaban vestidos como deberían, no había excusas posibles, no había malentendidos. Era una escena clara, brutal, imposible de reinterpretar.
No grité. No lloré. Algo dentro de mí se enfrió de golpe. Cerré la puerta con cuidado, giré la llave desde afuera y escuché cómo la sorpresa se transformaba en golpes desesperados. Mientras tanto, saqué el teléfono con manos firmes y marqué un número que sabía de memoria. Cuando Javier, el esposo de Lucía, contestó, mi voz salió tranquila, casi educada.
—Ven ahora mismo a mi casa —le dije—. Es urgente.
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