Unos meses después, Camille ingresó en el Conservatorio de Lyon. Sus profesores hablaban de un don "instintivo", una musicalidad que ninguna escuela podía enseñar. Practicaba durante horas, impulsada por la gratitud y la promesa de algún día devolver lo que había recibido.
Una tarde, de camino a casa después de la escuela, se cruzó con un niño hambriento frente a una panadería. Sin dudarlo, compartió su sándwich con él.
"¿Por qué?", preguntó.
"Porque un día, alguien me dio algo de comer".
La música del corazón
Años después, el nombre de Camille Martin adornó los carteles de los conciertos más importantes. Su virtuosismo era impresionante, pero sobre todo, era la historia detrás de cada nota lo que conmovía al público. Al final de cada recital, permanecía inmóvil un instante, con las manos sobre las teclas, reflexionando sobre aquella noche dorada donde todo había comenzado.
Porque antes de convertirse en prodigio, había sido una niña hambrienta.
Y un solo plato… le cambió la vida.
