"Por favor, llévense a mi hermanita; se muere de hambre", supliqué. Entonces me di la vuelta y me quedé paralizada. Un desconocido estaba en la puerta, sonriendo fríamente, sosteniendo algo que me decía que esto era solo el comienzo de una pesadilla.

El hombre no respondió de inmediato. Miró a Lucía, dormida, y luego a mí. Su sonrisa se ensanchó un poco.

—Tranquilo, chico —dijo—. Tu tío me pidió que lo acompañara.

En ese momento, mi corazón empezó a latir con tanta fuerza que me dolía el pecho. Todo dentro de mí gritaba que algo andaba terriblemente mal. Retrocedí un paso, pensando en mi hermana, en la puerta, en cualquier salida posible. El hombre entró.

Y entonces entendí.

Nadie había venido a ayudarnos.

Había abierto la puerta al peor error de mi vida.

El hombre avanzó despacio, sin prisa, como si disfrutara de mi miedo. Instintivamente levanté las manos, intentando ganar tiempo.

—Mi hermana está enferma —dije—. No tenemos nada de valor.

Soltó una risa corta y seca.

“Eso ya lo sabemos.”

"Lo sabemos". Esa frase me dejó helado. En ese momento, oí que se abría la puerta. Raúl volvió a entrar con una bolsa. Al ver la escena, no mostró sorpresa. Ni siquiera preocupación.

“¿Qué estás haciendo?” “¡¿Quién es este hombre?!”, grité.

Raúl suspiró cansado, como si yo fuera el problema.

—Javier, escúchame —dijo—. Tengo muchas deudas. Y tú… tienes algo que me viene bien.

Me quedé sin palabras. El hombre de la barra metálica estaba apoyado en la pared, observándome. Raúl me explicó, sin mirarme a los ojos, que les había contado nuestra situación. Que sabía que trabajaba de noche, que estaba sola, que nadie nos vigilaba. Planeaba "convencerme" de que les entregara mis pocos ahorros, y que si no lo hacía... habría consecuencias.

Cuando me di cuenta de que estaba dispuesto a ponernos en peligro, algo se rompió dentro de mí. No grité. No lloré. Solo pensé en Lucía.

—Déjala fuera de esto —dije—. Haré lo que quieras. El hombre se acercó tanto que podía olerle el aliento.

"Eso espero."

Nos obligaron a sentarnos. Registraron el apartamento. Encontraron el sobre donde guardaba el dinero de meses limpiando bares. No era mucho, pero les bastó. Antes de irse, el desconocido se inclinó hacia mí.

—No llames a la policía —susurró—. Sabemos dónde vives.

Se fueron. El silencio que siguió fue peor que el miedo. Lucía se despertó llorando. La abracé, prometiéndole que todo estaría bien, aunque sabía que ya no sería así.

No dormí esa noche. Al amanecer, tomé una decisión. Fui a la comisaría.

Les conté todo. Nombres, detalles, horas. Tenía miedo, sí, pero aún más miedo me daba quedarme callado. Días después, arrestaron a Raúl y al otro hombre, Miguel Serrano, quien tenía antecedentes por extorsión. Descubrieron que no éramos los únicos.

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