Y lo abrazó.
Alejandro lo abrazó de vuelta como si lo sostuviera para no caer. Lloró sin vergüenza. Valeria miró esa escena y algo se le quebró distinto: no era perdón… era el primer paso.
—Por Mateo… —susurró—. Y… porque yo también… yo también estuve bien en su casa. Pero necesito tiempo.
Alejandro asintió, con un respeto que parecía oración.
—Todo el tiempo que quieras.
El proceso legal siguió. Hubo juzgado familiar, entrevistas, visitas, terapia. Alejandro aceptó condiciones, acompañamiento psicológico, supervisión. No buscó “borrar” el pasado; buscó aprender a vivir con él sin destruir a los niños.
Seis meses después, el juez dictó la resolución. Paola estaba presente. Doña Elvira lloraba en la banca del fondo. Valeria apretaba la mano de Mateo.
—Se aprueba la adopción —dijo el juez— bajo las condiciones de seguimiento establecidas.
Alejandro sintió que el aire volvía a entrarle a los pulmones.
En el pasillo, Valeria lo miró, seria.
—Entonces… ¿de verdad somos familia?
Alejandro se agachó para estar a su altura.
—Sí. Familia no porque el destino haya sido justo… sino porque decidimos no rendirnos.
Un sábado por la mañana, Alejandro los llevó al panteón. No como castigo, sino como verdad. Llevaban flores y fruta. Frente a cuatro tumbas juntas —las de Lucía y Sofía, y las de los padres de Valeria y Mateo—, Alejandro se arrodilló.
—Perdón —dijo, con la voz quebrada—. No puedo regresar el tiempo. Solo puedo cuidar lo que quedó… con todo lo que soy.
Valeria puso su mano sobre el hombro de Alejandro.
—Mis papás… —susurró—. A veces los sueño. No hablan. Solo me miran. Y… yo quiero creer que también quieren que Mateo esté bien.
Mateo, imitando, dejó una flor y dijo:
—Hola… mamá… papá…
Alejandro y Valeria lloraron sin esconderse.
De regreso a casa, en el auto, Valeria miró por la ventana largo rato y luego soltó, casi sin voz:
—Algún día… quizá… pueda llamarte “papá”.
Alejandro no respondió de inmediato. Solo tomó aire, como si ese “algún día” fuera una luz al final de un túnel.
—Cuando tú quieras —dijo—. No tengo prisa.
Esa noche, en la cocina, Valeria sirvió platos. Mateo repartió cucharas. Alejandro calentó comida con torpeza, riéndose de sí mismo. Doña Elvira los miraba desde la puerta, con los ojos brillosos.
La casa ya no era un museo de duelo. Era un hogar imperfecto, sí, nacido de una tragedia, sí… pero sostenido por algo más fuerte que la culpa: la decisión diaria de cuidarse.
Antes de dormir, Alejandro les leyó un cuento. Mateo se quedó dormido en su hombro. Valeria escuchó en silencio, abrazando una almohada.
Cuando apagó la luz, Valeria murmuró:
—Buenas noches… papá.
Alejandro se quedó quieto, como si temiera que el momento se rompiera. Luego respondió, con el corazón temblando pero entero por primera vez en años:
—Buenas noches, hija. Gracias… por dejarme volver a aprender a vivir.
