—Puedo ser tutor temporal. Tengo casa, recursos… y… —su voz se quebró— y ellos necesitan estabilidad. Por lo menos mientras Mateo se recupera.
Paola lo evaluó en silencio, como si pudiera ver detrás del traje y encontrar la verdad.
—Esto no es sencillo —advirtió—. Hay proceso, visitas domiciliarias, entrevistas, antecedentes, juzgado familiar… ¿está seguro?
Alejandro tragó saliva.
—Sí.
Por primera vez en mucho tiempo, dijo “sí” con el corazón.
Durante esa semana, Alejandro estuvo ahí. Firmó papeles, habló con médicos, aprendió la dosis exacta de cada medicamento. Y, sin entender cómo, dejó de ser un hombre que solo respiraba para trabajar.
Cuando Mateo abrió los ojos y pidió agua, Valeria lloró como si se le saliera el alma. Alejandro los vio desde una esquina y sintió que algo, adentro, empezaba a moverse otra vez.
Al salir del hospital, Alejandro los llevó a su casa en Lomas de Chapultepec. La niña miró los techos altos, el jardín, las ventanas enormes, como si entrara a un museo donde nadie la había invitado.
La señora que ayudaba en casa, Doña Elvira, se quedó pasmada al verlos.
—Señor Alejandro… ¿y estos niños?
—Van a vivir con nosotros —dijo él—. Ayúdenos, por favor.
La casa, que llevaba dos años siendo una caja silenciosa, empezó a llenarse de cosas pequeñas: risas, pasos, vasos de leche, dibujos pegados con cinta, un “buenas noches” que se escuchaba de verdad.
Tres semanas después, Paola llamó: el proceso de custodia temporal avanzaba. Los abogados de Alejandro reunían documentos. Un día, le entregaron una carpeta con el historial de Valeria y Mateo, incluido el informe del accidente en el que murieron sus padres.
Alejandro lo abrió sin pensar… hasta que vio la fecha.
15 de junio.
El mismo día.
Leyó el lugar. La misma autopista.
Leyó la descripción: “vehículo sedán invade carril contrario… colisión… múltiple…”
El mundo se le fue del cuerpo. Buscó, temblando, en un cajón donde guardaba sus propios papeles del accidente. La fecha, el lugar, la hora… encajaban. El nombre del conductor responsable… era él.
Alejandro dejó caer la carpeta. El golpe del papel contra el piso sonó como una sentencia.
—No… no puede ser…
Los niños que ahora dormían tranquilos arriba… eran huérfanos por su culpa.
Esa noche, Alejandro no pudo cenar. No pudo mirarlos a los ojos. Cuando Mateo le llevó una flor del jardín y le dijo “para ti, tío Ale”, Alejandro sonrió con un hilo de boca y sintió que se rompía por dentro.
El secreto duró poco.
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