Iban rumbo al aeropuerto para un viaje que Sofía había contado en la escuela con tanta emoción que no pudo dormir. En la autopista, una distracción mínima, un segundo de mirar otro lado, un pensamiento fuera de lugar… y el golpe. Un estruendo, metal, gritos, oscuridad. Alejandro sobrevivió. Lucía y Sofía no.
Desde entonces, por fuera siguió siendo el hombre exitoso. Por dentro se quedó como una casa después de un funeral: limpia, ordenada, pero sin aire.
Ahora, mientras manejaba hacia el hospital con un niño moribundo en el asiento trasero, Alejandro sintió algo que no había sentido en dos años: miedo por alguien más.
Llegaron al área de urgencias de un hospital cercano. Enfermeros corrieron. Una camilla apareció. El niño desapareció detrás de una puerta. Valeria se quedó de pie, empapada, temblando, con las manos vacías de pronto, como si al soltarlo se hubiera quedado sin suelo.
—¿Tú estás bien? —preguntó Alejandro, con suavidad.
Valeria negó, pero su estómago rugió. Alejandro compró leche y un sándwich en una máquina. Cuando se los puso enfrente, la niña lo miró con desconfianza.
—¿De verdad… puedo?
—Tienes que comer —le dijo—. Mateo te necesita fuerte.
Valeria mordió despacio, como si no quisiera acabárselo por miedo a que alguien se lo quitara. Alejandro observó esa escena con un nudo en la garganta. Pensó en Sofía con su pan tostado en la mañana. Pensó en Lucía sirviendo café.
El reloj marcó 12:40 cuando el médico salió. Era joven, con ojeras, pero traía una expresión de alivio.
—No hay daño irreversible —dijo—. Llegaron a tiempo. Pero el niño está con desnutrición severa y deshidratación. Se queda internado al menos una semana. Necesitamos un responsable legal… ¿quién es su tutor?
Alejandro y Valeria se miraron. La niña bajó la vista.
En ese momento, una mujer se acercó con una carpeta en la mano. Tenía el cabello recogido, una credencial al cuello, y la mirada firme.
—Buenas noches. Soy Paola Hernández, trabajadora social del DIF. Me avisaron del caso. —Miró a Alejandro sin titubear—. ¿Qué relación tiene usted con los menores?
—Ninguna —admitió Alejandro—. La encontré en un callejón. Mateo… estaba muy mal. Solo los traje.
Paola se agachó frente a Valeria.
—¿Tú lo conoces? ¿Es tu familia?
—Es mi hermano —susurró Valeria—. No tenemos papás. Estábamos en una casa hogar… pero… pero nadie… —se mordió los labios, tragándose el llanto—. Nadie lo cuidaba como necesitaba.
Paola hojeó la carpeta.
—Valeria y Mateo… Sí. Tienen reporte de ausencia de una casa hogar llamada “Cielo Azul” desde hace una semana.
Alejandro sintió un golpe de realidad. Esos niños no solo estaban solos. También estaban perdidos para el sistema.
—¿Van a regresar a esa casa hogar? —preguntó él.
Paola respiró hondo.
—En principio, sí. Pero ahora la prioridad es la salud del niño. Después se define.
Valeria jaló el saco de Alejandro con dedos pequeños.
—Señor… ¿nos puede dejar aquí? No quiero volver allá… Mateo se enfermaba y nadie… nadie…
Alejandro la miró. En esos ojos vio el mismo terror que vio en Sofía una noche que tuvo fiebre y no entendía por qué dolía. Y antes de que pudiera pensarlo, se escuchó a sí mismo decir:
—Yo puedo cuidarlos.
Paola parpadeó, sorprendida.
—¿Perdón?
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