La niña lo apretaba contra su pecho como si eso pudiera devolverle el calor.
—Mateo… ya, ya… —murmuraba ella, temblando—. Yo te caliento… yo te caliento, ¿sí?
Alejandro sintió que el mundo se hacía angosto. Se acercó con cuidado, como si cualquier movimiento brusco pudiera romper lo único que quedaba.
La niña levantó la cara. Tenía los ojos grandes, rojos, sin lágrimas ya, como si se las hubiera gastado todas.
—Señor… ¿sí me ayuda? —repitió—. No tengo nada… No tenemos papás. Mateo no comió desde ayer. Hoy… hoy ya no abrió los ojos… y ya está muy frío.
Alejandro se arrodilló sin darse cuenta. Con manos que le temblaban, buscó el cuello del niño. Al principio no sintió nada. El miedo le subió como ácido. Esperó, conteniendo la respiración, y entonces… un pulso. Débil. Casi inexistente. Pero ahí.
—Está vivo —dijo, como si alguien más hubiera hablado por él—. Está vivo, chiquito… todavía está vivo.
La niña abrió la boca, incrédula.
—¿De verdad?
—Sí, pero está muy grave. Tenemos que llevarlo al hospital… ya.
Alejandro sacó el teléfono. Sus dedos, acostumbrados a firmar contratos, se equivocaban marcando. Cuando por fin contestaron, su voz se quebró:
—¡911! Hay un niño inconsciente… estoy en un callejón cerca de Masaryk… ¡por favor, rápido!
Colgó y miró al niño otra vez. No podía esperar. La ambulancia tardaría demasiado. Y Alejandro había aprendido, en la peor forma, que los minutos pueden ser cuchillos.
—Confía en mí —le dijo a la niña—. ¿Cómo te llamas?
—Valeria.
—Valeria, ven conmigo. No lo sueltes.
Alejandro cargó al pequeño. Pesaba casi nada. Eso fue lo que más le dolió: esa ligereza de hambre. Caminó rápido hasta su auto, una camioneta negra estacionada a dos calles. Metió a Valeria atrás, acomodó al niño sobre sus piernas, y arrancó como si la ciudad completa fuera un obstáculo.
En cada semáforo, Alejandro volteaba al asiento trasero. Valeria le acariciaba la frente al niño y le hablaba, con una fuerza que no era de una niña, sino de alguien que ha tenido que ser adulta demasiado temprano.
—Mateo, ya casi… ya casi llegamos… los doctores te van a curar… no te vayas, ¿sí? Quédate conmigo…
Alejandro tragó saliva. Esa voz le recordó otra voz que ya no existía.
Dos años atrás, a esa misma hora de la vida, él tenía un hogar lleno de ruido. Tenía a Lucía, su esposa, y a Sofía, su hija de siete años, que corría a abrazarlo gritando “¡papá!” y se reía diciendo que olía a oficina. En la mesa, Lucía lo escuchaba como si nada fuera más importante que sus palabras. Los fines de semana eran helado, parque, películas, promesas tontas: “vamos a estar juntos para siempre”.
Y luego vino el accidente.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
