“Por favor, entierren a mi hermano”, la petición que cambió la vida de un rico CEO
—Señor… ¿me ayuda a enterrar a mi hermanito? No tengo dinero… pero le juro que cuando sea grande se lo voy a pagar. Por favor.
La voz salió de un callejón estrecho, empapado por la lluvia, y le atravesó el pecho a Alejandro Ibarra como un golpe seco. Eran las 11:30 de la noche y él acababa de salir de un restaurante japonés elegante en Polanco, después de una cena con ejecutivos que lo felicitaban por su nuevo puesto como director general. Sonreía por educación, brindaba por inercia, pero por dentro seguía siendo un hombre vacío.
La ciudad olía a asfalto mojado y a prisa. Alejandro se subió el cuello del abrigo negro, importado, impecable, y en vez de ir directo a su chofer, caminó. No sabía por qué. Tal vez porque a veces el cuerpo busca castigo cuando el alma ya no siente.
La lluvia se volvió más densa. Las luces de la calle se reflejaban en el piso, temblorosas, como si hasta los focos tuvieran frío. Y entonces escuchó aquel ruego… tan pequeño… tan definitivo.
Se detuvo.
En otro momento habría seguido de largo. La Ciudad de México está llena de sonidos que uno aprende a ignorar. Pero esa voz no era ruido: era la cuerda de alguien colgando del último pedazo de esperanza.
Alejandro se internó en el callejón. Ahí, donde casi no llegaba la luz, vio dos figuras encogidas contra una pared. Una niña, quizá de nueve años, abrazaba a un niño de tres. La niña llevaba una sudadera enorme, como prestada por un adulto; el niño, una playera deslavada y un pantalón demasiado delgado para el frío. Sus cabellos estaban pegados por el agua. Sus caras, manchadas.
Pero lo que lo paralizó fue la quietud del pequeño.
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