Camila, por su parte, pudo respirar de nuevo.
Una tarde, mientras caminaba por el centro logístico de la empresa, un hombre se le acercó tímidamente: Julián Ríos, jefe de operaciones, alguien que siempre había trabajado en silencio, sin buscar ser el centro de atención.
“Señorita Camila…”, dijo, “solo quería decirle algo. Podría haberlo destruido todo con un escándalo… pero eligió proteger a su familia con inteligencia. Eso… eso también es amor”.
Camila se sorprendió al sentir un nudo en la garganta.
“Gracias, Julián”.
Con el tiempo, ese “gracias” se convirtió en conversaciones. Luego en confianza. Y luego, lentamente, sin máscaras, sin estrategias ocultas, en algo que Camila no esperaba recuperar tan pronto: la fe.
Una noche, en el mismo jardín donde todo empezó, Camila se detuvo bajo la pérgola. La buganvilla seguía allí, pero ahora olía diferente: ya no a traición, sino a renacimiento.
Julián se acercó, prometiéndole nada de cuentos de hadas, solo verdad.
“No quiero salvarte”, le dijo. “Quiero caminar contigo, si quieres”.
Camila sonrió, esta vez con sinceridad.
“Eso… eso sí suena a amor”. Y así, el final fue bueno, no porque "ganó" ni porque "se vengó", sino porque recuperó lo más preciado: su dignidad, su familia y la certeza de que el amor verdadero no necesita prisas, acuerdos ocultos ni risas crueles tras las palmeras. Solo necesita una cosa: carácter.
Y Camila, por fin, estaba rodeada de él.
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