Poco antes de la boda, la novia escuchó la confesión del novio y decidió vengarse de él.

"Todo va mejor de lo que imaginaba".

Camila asintió.

"Sí", respondió ella. "Mucho mejor".

Y por primera vez desde que lo oyó entre las palmeras, no mentía.

En la recepción, bajo una carpa transparente, Camila se movió entre tíos, parejas y amigos con una precisión casi quirúrgica. Se rió.

Brindó y expresó su gratitud. Mientras tanto, observaba a Rafael desde la distancia: no celebraba, sino que inspeccionaba. Se acercó a los ejecutivos de su padre, hizo demasiadas preguntas, analizó rutas, márgenes, "posibilidades de expansión".

Y Camila notó algo más: Rafael no solo era ambicioso... tenía prisa. La prisa de quien está acorralado.

Esa noche, cuando el jardín se llenó de música y la gente bailaba despreocupada, Camila tomó su decisión final.

No lo confrontaría todavía. Primero, lo entendería todo: deudas, mentiras, emergencias, cómplices. Si Rafael creía haberse casado con una mujer ingenua, Camila se permitiría esa ilusión porque, a veces, el mejor momento para actuar es cuando la otra persona está convencida de que ya ha ganado.

A la mañana siguiente, la mansión dormía en un silencio artificial. Camila se levantó antes del amanecer y buscó a la única persona en quien confiaba plenamente: su hermana menor, Marina Acevedo, estudiante de derecho, observadora y perspicaz.

En la cocina, lejos de oídos curiosos, Camila le contó lo esencial. Sin lágrimas, sin dramas. Solo hechos.

Marina no se sorprendió; frunció el ceño como confirmando algo que ya olía mal.

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