Rafael la esperaba con una sonrisa forzada. Camila le sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual. Por primera vez, no veía a un futuro esposo: veía a un hombre deseoso de cerrar un trato.
Su padre, Eduardo Acevedo, le ofreció el brazo. Tenía 58 años y poseía esa mezcla de orgullo y ternura de quien lo había construido todo desde cero: una empresa de logística respetada en todo el occidente de México. Al tomarla del brazo, susurró con emoción:
"Hija... este es uno de los días más felices de mi vida".
Camila sonrió, con expresión impasible.
“Yo también, papá”, dije con una voz que no delataba nada.
No era el momento de romperle el corazón al hombre que más la había querido. Todavía no.
La ceremonia se desarrolló como una obra de teatro que Camila ya se sabía de memoria. Las palabras del oficiante sonaban irónicas: compromiso, verdad, respeto. Rafael respondió a los votos con una confianza impecable, como quien firma un contrato. Era un buen actor. Demasiado bueno.
Cuando llegó el turno de Camila, se hizo un silencio emotivo. Ella habló con cuidado:
“Prometo caminar contigo… con honestidad. Prometo elegir lo correcto… incluso cuando sea difícil”.
No mintió. Simplemente dejó las frases abiertas, listas para cobrar un significado diferente cuando llegara el momento.
Mientras intercambiaban anillos, Camila sintió el peso del gesto. No era “para siempre”. Era una llave. Y estaba tomando nota de quién quería usarla. Tras el beso de rigor, estallaron los aplausos. Pétalos blancos, celulares en alto, felicitaciones. "¡Qué pareja tan perfecta!", repetían.
Durante las fotos, Rafael se inclinó y le susurró, satisfecho:
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