En mi bolso llevaba una caja con su reloj favorito, una botella de vino que llevaba meses guardando, y ya estaba ensayando mentalmente el discurso que planeaba darle en la cena. Salí temprano del trabajo para sorprenderlo. Y la sorpresa fui yo.
—Clara… no es lo que parece —balbuceó Adrián, levantándose torpemente.
Lo miré en silencio. Mis ojos se dirigieron a la mesita de noche, donde aún colgaba nuestra foto de boda: sonrisas juveniles, promesas inquebrantables.
—No te preocupes —dije finalmente, con una calma que ni siquiera reconocía—. Vas a recibir justo lo que te mereces.
Y me fui.
No corrí. No temblé. Fui a la cocina, dejé mi bolso en la mesa y saqué mi teléfono. Hice una sola llamada. No fue a una amiga. No fue a mi hermana. Fue a alguien a quien Adrián nunca imaginó que llamaría.
Cuando regresé al pasillo, él seguía hablando, justificándose, soltando palabras vacías. La mujer —luego supe que se llamaba Lucía— evitaba mirarme.
—Vístete —dije con calma—. Tenemos visita.
Adrián frunció el ceño.
"¿De qué carajo estás hablando?"
Antes de que pudiera responder, el sonido de un coche aparcando frente a la casa cortó el aire. Adrián se quedó paralizado.
Me incliné cerca de su oído y le susurré:
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