“Pareja de ancianos desaparece en Tehuacán (Puebla) en 1997 — 16 años después, algo perturbador… “ **La pareja que desapareció en el Valle de Tehuacán y la respuesta que durmió bajo sus pies**

El amanecer del 10 trajo una luz blanca. La cocina despertó. Doña Teresa se puso el huipil azul y sintió el peso del rebozo. Don Miguel ajustó su sombrero, tomó la radio y el cantil. En la puerta hicieron la pausa breve de siempre para mirar el cielo. El sendero abría camino entre los nopales. Un vecino los vio pasar y levantó la mano en un saludo silencioso.

Alrededor del mediodía, el calor endureció el camino. Caminaron con las pausas habituales. La radio roja golpeaba suavemente la cadera de él. El sendero hacia las ruinas subía entre magueyes y piedras. La hacienda apareció como un esqueleto de barro. El aire ahí dentro era más fresco.

Caminaron por el patio silencioso. Don Miguel señaló con la barbilla hacia donde recordaba que estaba la cisterna. Lo que vieron fue un pedazo de suelo ligeramente hundido, cubierto por polvo endurecido y piedras, nivelado con el resto como una cicatriz antigua.

Se sentaron un rato en un escalón. Don Miguel apoyó la radio en la rodilla buscando una estación de fútbol. Doña Teresa se secó el rostro. Cuando se levantaron, el sol ya caía de lado. El sendero de regreso era el mismo, pero el valle a esa hora cambia de humor. Nadie sabe exactamente dónde, entre la ruina y la casa, las cosas dejaron de ser camino y se volvieron ausencia.

La última imagen que quedó fue la de un vecino: la pareja recortada por la luz, él con sombrero y radio, ella con huipil y rebozo. La noche cayó y la rutina no se cumplió. La reja no rechinó. La radio no chispeó. Un perro aulló dos veces y paró.

A la mañana siguiente, la hija que vivía en Puebla llegó y extrañó el candado puesto. Al entrar, encontró la cocina en orden, el molcajete limpio, el vaso en el escurridor. Llamó por sus nombres, encontrando solo aire detenido. El rebozo no estaba en el respaldo de la silla. Doña Teresa nunca salía sin él. En el metate, un resto de maíz esperaba manos que no regresarían.

La noticia corrió rápido. Los vecinos llegaron, sugirieron caminos. La policía municipal revisó la casa: nada revuelto, nada roto. Registraron que había una pareja ausente.

El primer día de búsqueda fue de pasos largos. El grupo revisó barrancas y pozos abiertos. Al caer la tarde, fueron a la hacienda. Caminaron por el patio, levantaron tejas. Vieron el mismo pedazo de suelo hundido, tan integrado al resto que no decía nada. La boca de la cisterna era, en ese 1997, un tapón de barro y piedra nivelado con el terreno, amarrado por la dureza de la cal.

Regresaron a casa con el cielo morado. La hija pensó en los objetos ancla: el rebozo, la radio, el sombrero. Lloró poco, como lloran los que aún creen que la puerta se abrirá.

El segundo día, los vecinos trajeron cuerdas y mapas improvisados. Revisaron la zona de la hacienda de nuevo. Los viejos recordaban la cisterna: “Por aquí cerca, pero hace años que la taparon”. Nadie supo decir dónde terminaba el patio y comenzaba el tapón. El terreno lucía como si nunca hubiera sido abierto. Golpearon el suelo con las botas; sonaba seco, duro.

En la casa, la hija ojeó el álbum de fotos. En una, él sostenía la radio con orgullo; en otra, ella ajustaba el rebozo. Si encontraban los objetos, los encontrarían a ellos.

Al tercer día, las esperanzas decayeron. Un señor comentó que “a veces las desapariciones no hacen ruido porque tienen prisa”. Hubo rumores vagos: alguien los vio en la central de autobuses, alguien escuchó la radio cerca de los magueyes. La policía anotó y prometió regresar.

La cuestión de la cisterna volvió a la plática. Un vecino golpeó el suelo duro: “Si es aquí, echaron cal y barro encima. Ni eco da”. Para abrir habría que elegir un punto y golpear hasta rendirse. Nadie tenía fuerza ni motivo para golpear en el lugar correcto.

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