Siempre regresaban antes del atardecer, cuando el calor daba un paso atrás y el valle respiraba. Ese día, sin embargo, la cocina quedó en orden. El comal frío y la radio roja en silencio. Un silencio pesado, de esos que empujan las paredes. En el mapa del pueblo faltó una pareja, y nadie notó que la respuesta dormía bajo sus propios pies.
La casa de don Miguel Herrera y doña Teresa Álvarez descansaba en el Valle de Tehuacán. Paredes de adobe, tejado oscuro y aire con olor a maíz tostado. El tiempo ahí se medía por rutinas: el golpeteo del molcajete, el rechinido de la reja, el chasquido de la tortilla en el comal.
Don Miguel, con su sombrero de palma y piel curtida por el sol, tenía una compañera inseparable: una radio portátil roja con la antena chueca. Le gustaba girar la perilla hasta encontrar una mezcla de noticias y estática. Doña Teresa se movía con un ritmo tranquilo. Su huipil azul con flores bordadas daba color a la cocina, y su rebozo rojizo vivía en el respaldo de la silla, siempre a la mano.
La vida de ellos encajaba en ese paisaje sin esfuerzo. Por las tardes, don Miguel hablaba de una hacienda antigua, ya sin tejado, perdida entre magueyes. Contaba sobre una vieja cisterna de adobe donde guardaban agua de lluvia. “Era cosa bien hecha”, decía, “barro y piedra, cal encima para cerrar el olor”. Reía tranquilo, sin saber que el tiempo muerde hondo.
Sus hijos vivían lejos, pero la salud de la pareja resistía. No eran de médicos; eran de té y reposo. Los días se apilaban como adobes bien puestos, marcados por objetos con memoria: la bolsa de cuadros para el mercado, el cantil de agua, los huaraches gastados y, sobre todo, la radio roja. Cuando chispeaba al amanecer, la casa respiraba.
A principios de noviembre de 1997, el calor se empeñaba en quedarse. La noche del día 9, don Miguel comentó que tenía ganas de dar una vuelta por las ruinas de la hacienda. Doña Teresa dijo que iría con él para recoger leña menuda. No eran grandes planes: ir, ver, regresar.
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