«¡No me cuestiones delante de todos!», gritó, con los ojos encendidos de rabia. Intenté mantener la calma, pero me temblaba la voz: «No puedes hacer eso. Es el dinero de nuestra hija».
Entonces su madre se levantó y, con una sonrisa cruel, dijo: «¡Eres una desagradecida! Mi hijo puede hacer lo que quiera con su dinero». Me acerqué, intentando no molestarme, pero Javier me apartó un poco. ¡Cómo te atreves a detenerme!, rugió.
Y entonces ocurrió lo impensable.
Carmen, con una furia nunca vista, me empujó con violencia. Su puño impactó de lleno en mi estómago. Un dolor insoportable me recorrió el cuerpo, y antes de poder gritar, me tambaleé hacia atrás... y caí en la piscina.
Mi vestido se me pegaba al cuerpo mientras me hundía, el dolor me paralizaba. Intenté moverme, pero la barriga me pesaba demasiado. Visión borrosa, el agua me llenó los pulmones, y lo último que vi fue a Javier... riendo. No hizo nada. Ni un solo gesto. Solo esa risa que aún me persigue.
Y justo antes de perder el conocimiento, miré mi vientre hinchado. Sentí algo extraño, una presión, un movimiento... y me quedé paralizada.
Desperté en una habitación blanca, con un pitido constante a mi lado. El olor a desinfectante me revolvió el estómago. Intenté moverme, pero un dolor agudo me atravesó el abdomen. Una enfermera se acercó de inmediato. "Tranquila, María. Estás en el Hospital La Fe. Tuviste un accidente".
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