El invierno se fue y dejó cicatrices. El granero se reconstruyó con manos vecinas. Dorotea llevó pan y miel. Silas exageró historias para hacer reír a Ru cuando la oscuridad le daba miedo. Fernández ayudó con cuentas y cartas. El padre Graham visitó sin sermones, solo para recordarles que la fe, a veces, también es un “nosotros” sosteniéndose.
Una tarde, Tomás volvió al altillo y encontró una hoja suelta en los diarios de Clara: “Alma no nació de Magdalena. Llegó envuelta en una manta sin nombre. Si llega el día, no dejes que nadie le diga que vale menos por no compartir sangre. El amor tiene más apellidos que la sangre.”
Esa noche Tomás se sentó con las niñas frente al fuego y habló con la verdad en la boca.
—Clara dejó escrito algo importante… Alma, quizá no tengas un origen claro en papeles. Pero aquí… aquí eres elegida. Y eso vale más que cualquier firma.
Alma lo miró como si por primera vez se permitiera ser niña.
—¿Entonces sí pertenezco? —susurró.
Tomás asintió.
—Perteneces porque te quedas. Porque cuidas. Porque amas. Si quieres llevar mi apellido, lo llevas. Si quieres honrar el de Magdalena, lo honras. Pero que nadie vuelva a decirte que eres menos.
Pasaron los meses. Llegó el verde. Las flores pequeñas salpicaron el llano. Lía sembró junto a dos tumbas que, por decisión del corazón, quedaron cerca: Clara y Magdalena, unidas bajo el olmo como si la vida hubiera decidido reconciliar lo que el tiempo separó.
Y un día, al final del verano, Alma se plantó frente a Tomás con una decisión que le temblaba en los labios.
—Quiero tu apellido —dijo—. No para olvidar a Magdalena… sino para que nadie vuelva a decir que no pertenezco. Quiero ser Alma Herrera. ¿Puedo?
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