“Nuestra Mamá Murió Esta Mañana… No Tenemos a Dónde Ir”, Un Granjero Dice: “Ya Están En Casa…

Esa noche Tomás entendió que esperar era dejar que el lobo eligiera el momento. Alma confesó que su madre guardaba algo bajo el piso de la cabaña vieja. Al amanecer, Tomás y Alma fueron. Bajo una tabla suelta encontraron un cuaderno contable, cartas de otros granjeros estafados y una anotación: “Me cobra el triple. No firma recibos. Dice que su palabra basta. Si muero, que se sepa.”

Con pruebas en mano regresaron… pero no sin pelea. En el camino, dos capataces de Worth les dispararon para asustarlos. No hubo heroísmo de película, solo barro, miedo y la certeza de que la maldad, cuando se siente acorralada, muerde.

Al caer la tarde, exhaustos, encontraron el rancho en tensión. Worth había pasado a preguntar por ellos. Y esa misma noche el granero ardió.

El fuego subía como una lengua naranja lamiendo la madera. Los caballos relinchaban. Las niñas lloraban. Silas, Dorotea y Fernández corrieron con cubetas. Tomás abrió el establo y soltó a los animales en medio del humo. Cuando las llamas cedieron, el granero quedó como un esqueleto humeante bajo estrellas crueles.

En la puerta chamuscada, clavado con un cuchillo, había un papel: “Última oportunidad. Mañana al amanecer en la colina del Olmo. Trae los papeles y a las niñas… o todo arde.”

Tomás tembló, no de frío. Miró a Alma, a Lía, a Ru. Y supo que ya no era solo por ellas. Era por todo el valle.

Al amanecer subieron a la colina del Olmo, acompañados por Silas y Dorotea. Worth los esperaba con hombres armados. Sonrió al verlos.

—Vaya, viniste… y trajiste público.

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