“Nuestra Mamá Murió Esta Mañana… No Tenemos a Dónde Ir”, Un Granjero Dice: “Ya Están En Casa…

Y entonces, el pasado se abrió como una herida vieja: Lía, curiosa, subió al altillo y encontró un baúl con iniciales grabadas: C. H. Clara Herrera. Dentro, un cuaderno: los diarios de Clara.

—¿Puedo leer esto? —preguntó Lía desde arriba.

Tomás subió de dos en dos. Quiso arrebatarlo, pero algo en la mirada de la niña lo detuvo. Abrió una página al azar y leyó:

“Hoy vino Magdalena. Traía a Lía en brazos. Me pidió que la cuidara si algo le pasaba. Le juré que Tomás cumpliría. No le reprocho nada. El amor se parece al viento: no se ve, pero mueve lo que toca…”

Tomás se dejó caer contra una viga. Alma subió alarmada. Y el secreto, por fin, se derramó.

—Hay cosas que deben saber —dijo, con la voz rota—. Hace años… Magdalena y yo nos quisimos. Y Lía… es mi hija.

El silencio fue un abismo. Ru jugaba con la cuerda de la lámpara sin entender. Lía sostuvo el cuaderno como un escudo.

—¿Por qué no estuviste con nosotras? —preguntó, y esa pregunta le atravesó a Tomás la vergüenza.

—Porque fui cobarde —admitió—. Porque creí que lo correcto era no mirar atrás. Y me equivoqué.

Alma respiró hondo.

—No cambia que nos cuidaste ahora —dijo despacio—. Pero sí cambia que no somos solo una carga.

Tomás negó con fuerza, como si pudiera romper el destino a base de negar.

—Ustedes son parte de esta casa desde el momento en que cruzaron esa puerta.

Esa misma semana, Worth llegó al porche. No tocó. Entró como si el mundo le debiera permiso. Traía un papel doblado y una sonrisa de dientes blancos.

—Vengo a cobrar una cuenta pendiente.

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