Cuando Silas se fue, Alma preguntó en voz baja:
—¿Quién es Worth?
Tomás miró el horizonte, como si el nombre tuviera forma.
—Uno que cree que todo lo que no es suyo puede serlo con un papel o con miedo.
Alma tragó saliva.
—Mamá… le debía dinero. Compró medicinas y comida cuando se enfermó el invierno pasado. Él quería… algo más.
A Tomás se le endureció la mandíbula.
—Mientras yo respire, nadie las tocará.
Los días siguientes, la casa cambió de ritmo. Tres pares de manos pequeñas aprendieron a recoger huevos, a dar de comer a las gallinas, a calentar agua. Ru se reía persiguiendo un gallo testarudo. Alma trataba de sostener la dignidad de quien hace de madre a los catorce. Lía observaba cada gesto de Tomás, como si quisiera descifrarlo.
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