“Nuestra Mamá Murió Esta Mañana… No Tenemos a Dónde Ir”, Un Granjero Dice: “Ya Están En Casa…

La palabra “hija” le golpeó el pecho. Levantó la vista. Lía —la niña del lazo deshilachado— estaba soplando la sopa con seriedad, como si el mundo pudiera arreglarse con cuidado. Sus ojos… eran demasiado parecidos a los suyos.

La carta seguía: “No confíes en Ezequiel Worth. Tiene papeles que pretende usar. El medallón es la prueba; dentro hay una foto. Perdóname por el peso, pero tu casa es el único refugio que imaginé.”

Tomás abrió el medallón. Una fotografía pequeña: Magdalena sosteniendo a un bebé de rizos oscuros. En el reverso, una fecha y una inicial: T.

Guardó la carta con la mano temblorosa. No era momento de desmoronarse. No con tres niñas mirándolo como quien mira una puerta que podría cerrarse en cualquier instante.

Esa noche, cuando Ru se durmió con el pulgar en la boca y Alma vigiló a sus hermanas como si fuera la dueña del mundo, Tomás se quedó despierto con la carta quemándole el bolsillo. “¿Cómo decirle a Lía? ¿Cómo decirlo sin romperla?” pensó. Pero el invierno no perdona a los indecisos. Y Copper Creek tenía un hombre que creía que todo se compra: Ezequiel Worth, el terrateniente, el dueño de la tienda, el que convertía la necesidad ajena en deuda eterna.

Al tercer día, llegó el primer aviso: Silas, el pastor de ovejas, apareció con su carreta y una sonrisa que se le congeló al ver a las niñas.

—En el pueblo dicen que recogiste crías en la nevada —murmuró—. Worth mandó preguntar si necesitas ayuda… o si vas a vender.

Tomás apretó el marco de la puerta.

—Dile a Worth que aquí nadie está en venta —escupió.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.