«No soy apta para ningún hombre», dijo la mujer obesa, «pero puedo amar a tus hijos». El vaquero ..

Las palabras salieron roncas, como si le dolieran.

—No sé cuándo pasó, pero… te amo. Y ellos te aman. Ya no eres una empleada, Rocío. Eres… nuestra.

Rocío lloró.

—Por eso tengo que irme. Porque yo también los amo demasiado.

Antes del amanecer intentó salir, pero Emilia la descubrió. Luego Tomás. Luego Lupita. Los tres se le colgaron llorando.

—¡No te vayas, mamá Rocío! —sollozó Lupita.

Santiago, con el corazón hecho trizas, entendió algo: rendirse era otra forma de abandonar.

—Hay otra manera —dijo Rocío, con la voz rota—. Hacemos que el pueblo escuche.

El domingo, después de misa, Santiago pidió hablar frente a todos. La iglesia se llenó. Don Baltasar estaba en primera fila, muy seguro de sí. El juez también.

Santiago habló con verdad:

—Mis hijos se estaban muriendo por dentro. Yo les daba techo, pero no vida. Rocío llegó y les devolvió la risa. Y me devolvió a mí el valor de ser padre.

El juez iba a interrumpir, pero Emilia se levantó.

—Yo quiero hablar.

La niña caminó al frente con las piernas temblando, pero la voz clara.

—Cuando mi mamá murió, yo creí que tenía que ser la mamá. Tenía miedo de olvidarla… y miedo de querer a alguien más. Rocío no me obligó a escoger. Me dejó extrañar a mi mamá y, aun así, sentirme cuidada.

La maestra, profa Adriana, se puso de pie:

—Emilia está floreciendo. Eso es salud. Eso es hogar.

Entonces pasó lo inesperado. Se levantó doña Meche —la misma que había echado a Rocío— y dijo, con la cara ardiéndole de vergüenza:

—Yo la llamé “no apta”. Me equivoqué. Si esta muchacha no es apta… entonces ¿qué somos nosotros?

El murmullo se hizo ola. Y ahí llegó la sorpresa: un señor viejo, el contador del ejido, alzó la mano.

—La queja la puso Baltasar porque quiere que el rancho se remate. Ya preguntó dos veces por el terreno de los Herrera.

Don Baltasar se puso rojo como chile. El juez lo miró como si por fin entendiera el rompecabezas.

El juez Villaseñor respiró hondo.

—Queda claro que hay mala fe en esta denuncia. Y queda claro que los niños están en un hogar amoroso. Desecho la queja. Nadie se lleva a estos niños.

Rocío sintió que el aire volvía a sus pulmones. Lupita chilló de alegría. Tomás aplaudió. Emilia se limpió la cara con la manga, intentando verse “fuerte”, pero ya sin soledad.

El pastor se levantó, con una sonrisa suave.

—Si desean, aquí mismo podemos bendecir lo que ya existe: una familia.

Santiago volteó hacia Rocío, y esta vez no había desesperación, solo certeza.

—Rocío Aguilar… yo te elijo. No por obligación. Porque te amo. ¿Te quedas… ya no como ayuda, sino como casa?

Rocío miró a los tres niños —sus niños— y sintió cómo se le despegaba, por fin, aquella frase vieja.

—Sí —dijo, firme—. Me quedo.

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