El vínculo se selló días después, cuando Lupita no quiso dormir sin trenzas.
—Mamá se las hacía —dijo Emilia, con la voz quebrada.
—¿Me enseñas cómo?
Se sentaron en el porche. Emilia guio las manos de Rocío por el patrón.
—Mamá cantaba mientras apretaba —susurró.
—¿Qué cantaba?
Emilia cantó bajito una canción sobre estrellitas. Se le rompió la voz a la mitad. Rocío tarareó donde no supo la letra, y Emilia siguió. Cuando terminaron la trenza, Lupita abrazó a Rocío… y luego, dudosa, abrazó también a Emilia.
—Extraño a mamá —dijo Lupita.
—Yo también —susurró Emilia.
Desde la puerta, Tomás preguntó:
—¿Podemos extrañar a mamá y querer a Rocío al mismo tiempo?
Emilia miró a Rocío, y Rocío le devolvió la mirada, dejándole el poder de decidir.
—Sí —dijo Emilia al fin—. Creo que sí.
Esa noche Emilia tocó la puerta del cuarto de Rocío.
—Estoy cansada de ser fuerte todo el tiempo.
Rocío abrió los brazos. Emilia se derrumbó en ellos, llorando como niña, no como soldadito. Rocío la meció.
—Entonces déjame ser fuerte por las dos un ratito.
Santiago vio todo desde lejos, con los ojos rojos y la boca apretada, como hombre que quiere agradecer pero no sabe cómo.
El problema llegó cuando la felicidad empezó a notarse.
El comisario del pueblo, don Baltasar, apareció un martes con el juez Villaseñor.
—Venimos por una queja formal —dijo el juez, serio—. Sobre el ambiente moral de esta casa.
Rocío sintió que se le caía el suelo. Santiago avanzó un paso.
—Mis hijos están cuidados.
—La queja dice que una mujer soltera, de reputación dudosa, vive aquí “como madre”. Y eso… no es decente a ojos del condado.
El juez quiso hablar con los niños por separado. Emilia respondió firme, luego temblorosa ante preguntas filosas. Tomás se confundió. Lupita lloró y estiró los brazos hacia Rocío.
Al final, el juez revisó la casa, miró camas limpias, comida, ropa doblada.
—Físicamente están bien —concedió—. Pero la situación moral es inaceptable. La señorita Aguilar tiene 48 horas para irse. Si no, los niños irán al orfanato de la iglesia mientras se decide su custodia.
El juez se fue dejando el aire apestando a amenaza.
Esa noche Rocío empacó su maletita. Santiago entró y la encontró doblando su único vestido bueno.
—¿Qué estás haciendo?
—Salvando a tus hijos.
—No. Nos quedamos y peleamos.
Rocío lo miró con los ojos ardiendo.
—¿Y si perdemos? ¿Los mandan al orfanato por mi culpa? No. Yo me voy.
Santiago le agarró la mano con desesperación.
—Te amo.
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