Sin pensarlo, caminó hacia él.
—Don Santiago Herrera… soy Rocío Aguilar. Le mandé un telegrama.
Él la miró de arriba abajo: su vestido sencillo, sus manos gastadas por el trabajo, su mirada cansada. Rocío esperó la expresión conocida: la decepción, el “no eres lo que pedí”.
Pero Santiago no se rió.
Detrás, una de las mujeres que todavía no se iba —una pelirroja— soltó una risita venenosa:
—Ay, esto va a estar bueno. ¿Tú crees que él te va a querer? Mírate.
La vergüenza le subió a Rocío como fiebre. Aun así, sostuvo la mirada de Santiago y dijo lo que ya le habían tatuado por dentro:
—No soy apta para ningún hombre… lo sé desde hace tiempo.
La plataforma se quedó muda. Hasta la pelirroja se calló.
Rocío miró más allá del sombrero de Santiago: los niños, el niño agarrando la mano de su hermana, la mayor esforzándose por no llorar, y la pequeña con las mejillas mojadas.
—Pero… puedo amar a sus hijos —su voz se afirmó—. Puedo cuidarlos. Hacer que se sientan seguros. Puedo ser lo que necesitan, aunque no sea lo que nadie quiere.
Santiago la miró largo. Doloroso. Interminable. Luego preguntó una sola cosa:
—¿Te vas a quedar?
A Rocío se le cortó el aliento.
—Sí —susurró—. Me quedo.
Santiago asintió, y sin decir más levantó a la niña pequeña con cuidado y la puso en los brazos de Rocío. La chiquita era ligera como un pajarito, temblaba. Rocío la sostuvo con una mano en la espalda y otra en la cabecita. La niña hundió la cara en su hombro y lloró con esos sollozos que parecen guardados por meses.
—Se llama Lupita, tiene tres —dijo Santiago bajito—. La grande es Emilia, ocho. Y el niño, Tomás, cinco.
Rocío memorizó sus caras como si fueran un mapa hacia una vida nueva.
La pelirroja chistó con asco y se fue. Santiago tomó la maleta de Rocío y señaló la camioneta.
—Es una hora hasta el rancho. No han comido desde el desayuno.
En el camino, nadie habló. Los cerros se alargaban como sombras. Cuando por fin apareció el rancho sobre una loma, parecía firme: granero sólido, casa de madera fuerte. Pero al acercarse, Rocío vio la verdad: ropa amontonada en el porche, el huerto comido por maleza, gallinas sueltas como si ya nadie mandara en nada. El rancho se estaba muriendo despacito.
Santiago bajó la mirada.
—No es mucho. No he tenido tiempo… ni cabeza.
—No está mal —dijo Rocío—. Es duelo.
Eso le cambió algo en los ojos a Santiago, como si alguien por fin hubiera nombrado lo que él llevaba adentro.
La casa por dentro era un caos: platos apilados, polvo, juguetes regados, ropa de bebé por todas partes. Pero la estructura era buena, y Rocío lo supo con esa intuición de gente que ha sobrevivido. Santiago le mostró un cuartito junto a la cocina.
—Era el cuarto de los peones. Tiene llave por dentro.
—Gracias.
Emilia estaba en la puerta mirándola con ojos de adulta chiquita.
—No te vas a quedar —soltó sin rodeos—. Todas se van.
Rocío se arrodilló a su altura.
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