«No soy apta para ningún hombre», dijo la mujer obesa, «pero puedo amar a tus hijos». El vaquero ..

Ella se subió al tren de regreso sin mirar atrás. Y desde entonces la frase se le quedó pegada al alma, como hollín.

Ahora doña Meche esperaba una respuesta. Rocío se secó las manos lentamente con el mandil.

—No, señora —dijo bajito—. Supongo que no.

Doña Meche sonrió —satisfecha, casi aliviada de tener razón— y clavó la estocada final:

—Entonces ve buscando trabajo. Esta pensión cierra en dos semanas. Y tú… tú no tienes a dónde ir.

Esa noche Rocío se sentó en su camita contando monedas. Diecisiete pesos y unas cuantas lágrimas que no quería dejar salir. Sin familia. Sin promesa. Sin futuro. Fue entonces cuando vio el tablero de anuncios de la iglesia. Una hoja escrita a mano, chueca, desesperada:

“Viudo con tres hijos necesita ayuda en rancho. Se ofrece techo y comida. Urge.”

Abajo, un nombre: Santiago Herrera. Y un lugar que Rocío jamás había oído: Arroyo Redención, Durango.

No pensó demasiado. Si pensaba, el miedo la iba a amarrar. Despegó el papel, fue al telégrafo y mandó una sola frase:

“Voy. Llegó viernes. —Rocío Aguilar.”

Esa misma noche compró un boleto con sus últimos diecisiete pesos. Cuando el tren llegó a Arroyo Redención, el sol ya estaba cayendo, naranja sobre los cerros. Rocío bajó a la plataforma con su maletita en la mano… y se detuvo en seco.

Había cuatro mujeres esperando, todas arregladas, perfumadas, riéndose como si aquello fuera una excursión. Más atrás, junto a una camioneta vieja, estaba un hombre alto, quemado por el sol, sombrero calado hasta las cejas. A su lado, tres niños se mantenían detrás de él, demasiado quietos para ser niños.

Las mujeres se le fueron encima como si el viudo les debiera gratitud.

—¿Cuánto paga, don Santiago? —preguntó una rubia con labios pintados.

—Techo, comida y diez pesos al mes —respondió él sin levantar mucho la voz.

La rubia soltó una carcajada.

—¿Diez? Por tres chamacos… yo necesito veinte, domingos libres y mi cuarto con llave.

—Y yo un estipendio para vestidos —dijo otra—. Este trabajo me arruina la ropa.

La tercera miró a los niños con disgusto mal disimulado.

—¿Son obedientes? No tolero niños salvajes.

La mandíbula de Santiago se tensó.

—Están de luto. Su mamá murió hace cuatro meses.

—Ay, qué triste —dijo la rubia sin emoción—. Pero su oferta no conviene. Buenos días.

Se dieron la vuelta y se fueron riéndose, como si acabaran de salir de una tienda sin encontrar la talla correcta.

Santiago se quedó ahí, derrotado. Los niños no dijeron nada. La más pequeña, una niña de trencitas, tenía lágrimas silenciosas corriéndole por la cara. Ese detalle le abrió el pecho a Rocío como un golpe.

Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.