—Él será quien te destruya, Rodolfo —murmuré con calma—. Y yo no moveré un dedo para salvarte.
Él permaneció en silencio, incapaz de responder. Un abismo se abrió entre nosotros, mayor que todas las discusiones y todas las humillaciones pasadas. El abismo del fin.
Esa noche, cuando se quedó dormido en el sofá con la botella de whisky a su lado, comencé a empacar mis cosas.
No necesitaba mucho: algo de ropa, algunas fotos y recuerdos. Mi vida ya no existía.
A la mañana siguiente, cuando se despertó y vio los armarios vacíos, sólo una breve nota le esperaba en la mesita de noche:
No he logrado nada, pero he criado a un hombre que ahora gobierna tu mundo. Ya no tienes poder sobre mí. Adiós.
Salí del apartamento con la espalda recta y el paso ligero. Por primera vez en muchos años, el aire matutino en las calles de Sevilla se sentía limpio y el cielo despejado.
Detrás de mí, el imperio de la arrogancia se desmoronaba. Delante de mí, comenzaba una nueva vida.
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