Diciembre suele ser el mes de los trabajos por terminar, los pasillos más silenciosos y el té que se enfría demasiado rápido en el escritorio. Pero a veces, basta con una pregunta —formulada en el momento oportuno, por la persona adecuada— para desestabilizar una rutina bien engrasada. Una pregunta que parece trivial, casi escolar... y, sin embargo, despierta un recuerdo muy profundo.
Un proyecto de clase sencillo que despierta un pasado dormido
Anne Martin, de 62 años y profesora de literatura con casi cuarenta años de experiencia, asigna la misma tarea todos los años antes de las fiestas: preguntarle a una persona mayor sobre su experiencia navideña más memorable. Un ejercicio tierno y a menudo sorprendente que evoca historias de familia, tradiciones y pequeñas alegrías.
Ese año, Émilie, una estudiante reservada, insistió en entrevistar a… su profesora. Anne dudó: «Mi vida no tiene nada de extraordinario». Pero Émilie tuvo un comentario perfecto: dijo que Anne contaba historias «como si fueran reales». Así que Anne accedió, convencida de que mencionaría un árbol de Navidad torcido y un pastel de frutas incomestible, y luego pasaría a otra cosa.
La pregunta que lo cambia todo
La entrevista empieza con suavidad, y luego surge la pregunta inesperada: "¿Alguna vez has tenido una aventura amorosa durante las vacaciones?". Y entonces, sin previo aviso, el pasado surge como un gato que dormía en tu regazo: silencioso, pero decidido a ocupar todo el espacio.
Anne recuerda a Daniel, su amor de la infancia. A los 17 años, tenían sueños demasiado grandes para sus bolsillos y la actitud despreocupada de quienes creen que el futuro les espera. Entonces, un día, Daniel desapareció. Sin explicación. Sin despedida. Solo un vacío. Anne siguió adelante, como dicen... a veces simplemente porque hay que seguir adelante.
Cuando una adolescente se convierte en mensajera del destino

Una semana después, Émilie regresa, sin aliento, con el teléfono en la mano. Ha encontrado un mensaje publicado en un foro local: un hombre dice estar buscando a "la chica que amó hace cuarenta años". Describe un abrigo azul, un diente ligeramente astillado, el sueño de ser maestro. Lleva años buscando, escuela tras escuela.
Y luego hay una foto. La joven Anne. Y Daniel.
En esos momentos, parece que el tiempo se despliega como una hoja de papel. Anne oscila entre dos reflejos: protegerse ("seguro que no es él") y esperar ("¿y si, por una vez, fuera cierto?").
