“Nos amábamos”, respondió secamente. “Amaba a una mujer con la que podía viajar, escalar montañas, construir una vida. Y tú… ya no formas parte de mi plan. Tengo metas, una carrera, sueños. Lo siento, la verdad es amarga, pero al menos es clara”.
En sus ojos no había ni rastro de compasión. Solo irritación calculada y el miedo egoísta a un futuro que creía arruinado.
Intentó de nuevo aferrarse a él, como un hombre que se ahoga aferrado a una pajita. Quería tocar el Tema del pasado.
— ¡Podré volver a caminar! ¡Hay una posibilidad! Solo necesito tu apoyo, Témo... por favor...
Esa oración fue la gota que colmó el vaso. Su rostro se tensó. La paciencia fingida se desvaneció.
—¡Qué suerte! ¿No oíste a los médicos? ¡No hay ninguno! Lo hemos intentado todo, hemos gastado un dineral, ¡para nada! Estoy agotada. Espero un milagro que no existe. ¡No puedo seguir viviendo así!
Sin aliento, se quedó en silencio tras desatar su ira. Marina, abrumada por sus palabras, dejó correr las lágrimas y susurró:
—No necesito un milagro… Solo a ti. Quédate. Contigo, lo superaré… Por favor…
Estas palabras, llenas de fe, lo exasperaron aún más. Su dependencia solo le inspiraba repugnancia. Decidió no solo irse, sino destruirlo moralmente.
"¿Apoyo?", preguntó con desdén, una mueca más aterradora que un grito. "¿Para llevarte de clínica en clínica y cambiar de lavabo? No eres más que un peso muerto. ¿Entiendes? Una carga que no llevaré el resto de mi vida."
"Un peso muerto."
Esas palabras le impactaron más que el choque del metal el día del accidente. Se le partió el corazón. Se le quedó la respiración atrapada en la garganta. El mundo se encogió ante aquella crueldad.
Dejó las llaves del apartamento en la mesita de noche. Un sonido agudo y final.
—Me mudé. Me llevé mis cosas. No me busques. Adiós.
Se fue sin mirar atrás. Sus pasos resonaron en el pasillo y en el alma vacía de Marina. Ella miró fijamente la puerta cerrada y lloró en silencio, como un animal herido.
Durante las primeras semanas, simplemente existió, perdida en la oscuridad. Ya no quería ver el techo de la habitación, ni las miradas compasivas de las enfermeras, ni la tristeza silenciosa de su madre. Odiaba ese sillón que se había convertido en su prisión.
Pero en el fondo, aunque respirar dolía, algo nacía: una ira fría y vibrante.
Un día, se topó con una foto de Artiom en una revista: estaba riendo en un evento social, del brazo de una hermosa mujer. Entonces, algo en su interior explotó. Las lágrimas dieron paso a la resolución.
¿Un peso muerto? Ella demostraría lo contrario. A sí misma, a él, al mundo.
Al ser liberada, vendió el anillo de compromiso que él nunca había ido a recoger y se compró un potente ordenador.
Antes del accidente, era una brillante analista de TI, pero dedicada a servir a los demás. Aún tenía tiempo, una mente aguda y una furia ardiente.
Trabajaba dieciocho horas al día, olvidándose de comer y dormir. Su mundo se reducía a la pantalla, a líneas de código, a curvas.
Creó un software analítico capaz de predecir los movimientos del mercado financiero con asombrosa precisión. Para ocultar su verdadera identidad, eligió un seudónimo.
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