—¿Quién eres tú? —susurró, temblando.
—Soy Marcus.
La niña sollozó y se abrazó a sus rodillas.
—Me llamo Lily… Mi papá está fuera, no sé cómo entrar… Estoy tan fría… y tan asustada.
Era evidente que no quedaba mucho tiempo. El aire helado le robaba la vida a Lily, y Marcus sabía que si no actuaba pronto, la niña no lo contaría. Miró la mansión y luego su propio cuerpo, cubierto solo con una chaqueta rota. Podía marcharse, dejarla allí y seguir con su vida, buscar algo de calor, algo para sobrevivir. Pero las palabras de su madre resonaron en su mente: “No dejes que te arrebaten el corazón”. Marcus, con una determinación que él mismo no sabía de dónde venía, decidió saltar el muro.
El portón de hierro era alto, pero Marcus había aprendido a escalar cuando vivía en la calle. Con manos entumecidas por el frío, trepó, se lastimó las piernas al caer, pero no se detuvo. Se acercó a Lily, envolviéndola con su chaqueta, dándole el poco calor que tenía.
—No puedes quedarte aquí, tenemos que movernos. —La tomó en brazos y la llevó hacia un rincón donde el viento no azotara tan fuerte. La niña, debilitada, apenas podía mantenerse despierta.
—Tienes que hablar, Lily. No te duermas. Si duermes, no despertarás.
Con voz quebrada, Lily comenzó a hablar. Le contó a Marcus sobre Disney, sobre su mamá, sobre el castillo de Elsa. Marcus la escuchaba, pero mientras lo hacía, su propio cuerpo comenzaba a ceder. El frío lo estaba derrotando. A pesar de todo, no dejó de sostener a Lily, de protegerla, de calmarla.
Horas pasaron, y cuando Marcus ya no podía mantenerse en pie, un coche se detuvo frente a la mansión. El padre de Lily, Richard Hartwell, regresaba de un viaje de negocios y, al ver la escena en su jardín, casi se desmaya de miedo. Lily estaba a salvo, pero Marcus… Marcus estaba al borde de la muerte.
Los paramédicos llegaron rápidamente, y aunque Lily se recuperaba, el niño que la había salvado estaba en estado crítico. Fue llevado al hospital, donde los médicos lucharon por mantenerlo con vida. Richard, con lágrimas en los ojos, supo que debía hacer algo por él. Sin pensarlo, pagó por el mejor tratamiento disponible. Nadie le había dicho a Richard quién era ese niño, pero él sentía que debía salvarlo, que debía devolverle la vida que había entregado por su hija.
Los días pasaron, y Marcus despertó. Con el tiempo, los médicos confirmaron que su cuerpo se estaba recuperando, pero las cicatrices de su alma, aquellas que le había dejado la calle, no sanaban tan rápido. Fue entonces cuando Richard, sintiendo una profunda gratitud hacia el niño, le ofreció algo que Marcus nunca había imaginado: un hogar.
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