Era la noche más fría del año en Chicago. La ciudad parecía dormida, envuelta en un manto de hielo y viento cortante. Para muchos, la fecha era solo otro día invernal, pero para Marcus, un niño de 12 años que vivía en la calle, era una noche más de supervivencia. Había estado solo desde que su madre había muerto dos años atrás, víctima del cáncer. Había huido del hogar de acogida, un lugar que solo lo veía como una carga, y ahora se enfrentaba al invierno implacable con nada más que una chaqueta rota y un par de recuerdos dolorosos de su madre.
Aquella noche, como tantas otras, Marcus caminaba por las calles desiertas, con el frío mordiendo su piel y el hambre apretando su estómago. Recordó las últimas palabras de su madre, “La vida te quitará todo, pero no dejes que te arrebate el corazón.” Aunque no las comprendiera completamente, las repetía como un mantra, aferrándose a ellas en medio de su lucha diaria.
En su andar, algo extraño lo hizo detenerse. Un llanto débil, casi inaudible, llegó a sus oídos. Al principio pensó en ignorarlo, en seguir su camino hacia un refugio más cálido, pero algo lo detuvo. En el jardín de una mansión enorme, envuelta en niebla y nieve, una niña pequeña, temblando de frío, lloraba desconsolada. No podía haber más de seis o siete años. Su pijama rosa, decorada con la imagen de Elsa, no estaba hecha para el invierno de Chicago. No tenía zapatos, y su piel estaba pálida, casi gris. Sus labios comenzaban a tornarse azules, y las lágrimas en su rostro se congelaban antes de caer al suelo.
Marcus se acercó lentamente. “¿Estás bien?” preguntó, con voz suave. La niña lo miró, asustada, con los ojos grandes y llenos de miedo.

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