El juicio se prolongó durante muchos días, pero para Ava, cada minuto sentada en aquella sala era como vivir una vida entera. Hubo momentos en los que la niña tembló al oír su nombre, al ver las fotografías tomadas en la oscuridad del armario proyectadas en la pantalla grande. Michael sintió claramente cada uno de esos temblores
Brenda ya no tenía la seguridad fría que mostraba el día de su arresto. El cabello desordenado, la mirada esquiva. Cuando el abogado le preguntó si se arrepentía, guardó silencio durante mucho tiempo y solo dijo:
— No pensé que todo terminaría así.
Aquella frase heló la sala entera. No por cruel, sino por vacía. Ni una disculpa. Ni una sola vez pronunció el nombre de Ava.
Cuando el juez dictó sentencia, Ava no entendió todos los términos legales, pero comprendió algo esencial: la persona que más miedo le había causado en su vida no volvería. No lloró. Simplemente apoyó la cabeza en el hombro de su padre y cerró los ojos, como si por fin soltara una carga que había llevado demasiado tiempo.
Al salir del tribunal, la luz del sol cayó sobre los escalones de piedra. Ava entrecerró los ojos, como si aquella claridad aún le resultara extraña. Michael se arrodilló frente a ella y miró directamente a esos ojos que habían vivido tanto tiempo en la oscuridad.
— Ava, si quieres olvidar… podemos olvidar.
— No, papá —negó con la cabeza—. Quiero recordar. Para saber lo fuerte que he sido.

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