Para su sorpresa, Julián Valdés entró solo, sin reservación previa. Su presencia inmediata hizo que todos los empleados se pusieran en alerta, incluida la señora Herrera, quien prácticamente corrió desde su oficina para recibirlo. “Señor Valdés, qué sorpresa tan agradable. ¿Desea una mesa para almorzar? Nuestro chef puede preparar cualquier cosa que comenzó su discurso ensayado.” Julián la interrumpió con un gesto de la mano. “Gracias, señora Herrera, pero no vengo a comer. Vengo a hablar con Elena.” El silencio que siguió fue tan profundo que se podía escuchar el zumbido del aire acondicionado.
Todas las miradas se dirigieron hacia Elena, quien sintió que su corazón dejaba de latir por un segundo. La señora Herrera parpadeó varias veces, claramente descolocada. Con Elena. Pero, señor Valdés, si necesita algo, yo personalmente puedo. Necesito hablar con Elena repitió Julián con firmeza, pero sin rudeza. a solas si es posible. Elena, ¿podemos hablar en algún lugar privado? Elena miró a la señora Herrera, cuyo rostro había pasado por varios tonos de rojo antes de asentir rígidamente. “Pueden usar la sala de reuniones”, dijo con voz estrangulada.
La sala de reuniones era un pequeño espacio en el segundo piso del restaurante usado normalmente para eventos privados pequeños. Elena guió a Julián hasta allí con las manos sudorosas y el corazón latiendo como un tambor desbocado. Una vez dentro, con la puerta cerrada, Julián se volvió hacia ella con una expresión seria, pero no amenazante. Elena, ante todo quiero agradecerte por lo que hiciste por mi madre la semana pasada. Su voz era cálida, genuina. Elena no sabía qué decir.
De nada, señor Valdés. Solo hice lo que cualquier persona decente haría. Julián negó con la cabeza. No, no lo hiciste. La mayoría de las personas ignoran a mi madre como si fuera un mueble. Tú la viste, la escuchaste y la trataste con dignidad. Hizo una pausa antes de continuar. Mi madre no ha dejado de hablar de ti. Me ha preguntado todos los días si podemos regresar al restaurante solo para verte. Elena sintió calidez expandiéndose en su pecho.
Carmen es una mujer maravillosa. Fue un honor poder comunicarme con ella. Julián se acercó un paso más. Tengo una proposición para ti, Elena. Mi fundación está organizando una gala benéfica en dos semanas. Es un evento enorme con más de 300 invitados, incluidos políticos, empresarios y celebridades. Mi madre asistirá conmigo, pero como siempre terminará sintiéndose aislada porque nadie puede comunicarse con ella. Elena sintió que sabía a dónde iba esto. Julián continuó, “Quiero contratarte como intérprete personal de mi madre durante la gala.
Sería solo esa noche, pero te pagaría 10,000 pesos. ” El número golpeó a Elena como un rayo. 10,000 pesos era casi la mitad de lo que ganaba en un mes completo, trabajando 17 horas diarias en el restaurante. Era suficiente para pagar dos meses de la escuela de Sofía por adelantado, con dinero sobrante para comprar nuevos materiales de arte que su hermana necesitaba desesperadamente. “Yo no sé qué decir”, murmuró Elena sintiendo lágrimas amenazando con escapar. “Di que sí”, respondió Julián con una sonrisa.
pequeña pero genuina. Mi madre merece tener a alguien que realmente se preocupe por comunicarse con ella, no solo a su hijo haciendo traducciones apresuradas toda la noche. Elena respiró profundamente, su mente corriendo a 1000 km porh. Aceptar significaría pedirle a la señora Herrera permiso para tomar esa noche libre, algo que probablemente desataría más ira y castigos. Pero la imagen de Sofía, con sus sueños de convertirse en artista, con su necesidad de educación especializada y materiales, se impuso sobre cualquier temor.
Acepto, señor Valdés. Sería un honor ayudar a Carmen. La sonrisa que se extendió por el rostro de Julián era tan cálida que transformó completamente sus facciones habitualmente serias. Cuando Elena regresó al piso principal del restaurante, la señora Herrera la estaba esperando con los brazos cruzados y una expresión de sospecha venenosa. ¿Qué quería el señor Valdés contigo? Su tono implicaba que Elena había hecho algo inapropiado. Me contrató como intérprete para un evento de su fundación, respondió Elena simplemente negándose a ser intimidada.
La señora Herrera entrecerró los ojos. ¿Esperas que te dé permiso para faltar? Elena mantuvo la voz firme. El evento es un sábado por la noche. Normalmente no trabajo los sábados. La señora Herrera sonrió con crueldad. Pues ahora sí acabo de cambiar el horario. Trabajarás todos los sábados del mes. Turno doble. La maldad en su voz era palpable. Elena sintió una oleada de indignación, pero antes de que pudiera responder, la voz de Julián resonó desde las escaleras. Señora Herrera, me temo que eso no será posible.
Julián descendía las escaleras con la autoridad natural de alguien acostumbrado a ser obedecido. Elena necesitará ese sábado libre porque estará trabajando para mí. Estoy seguro de que el dueño de este restaurante, quien casualmente es mi amigo personal y socio de negocios, no tendrá problema en aprobar su ausencia. Debo llamarlo ahora para confirmarlo. El rostro de la señora Herrera palideció dramáticamente. Su boca se abrió y cerró como un pez fuera del agua. No, no, señor Valdés, por supuesto que Elena puede tener la noche libre.
No hay problema en absoluto. Su sonrisa era tan falsa que resultaba casi cómica. Julián asintió con satisfacción. Excelente, Elena. Mi asistente te contactará con todos los detalles. Gracias nuevamente. Con eso se marchó dejando a Elena de pie en el comedor con una sensación de victoria que nunca había experimentado en ese lugar. Pero la victoria tuvo su precio. En cuanto Julián salió por la puerta, la señora Herrera agarró a Elena del brazo con fuerza dolorosa y la arrastró hacia su oficina.
¿Crees que eres muy lista, verdad? Asíó con veneno puro en cada palabra. ¿Crees que porque el señor Valdés te prestó atención, ahora eres especial? Déjame decirte algo, niña estúpida. Gente como tú no pertenece al mundo de gente como él. Eres una mesera sin educación, sin familia. sin nada. Él se cansará de ti en dos semanas y regresarás arrastrándote a mí, suplicando por tu trabajo. Cada palabra era un puñal diseñado para destruir la autoestima de Elena, pero algo había cambiado.
Elena había visto en los ojos de Julián y Carmen respeto genuino, algo que la señora Herrera jamás le había dado. Levantó la vista y miró directamente a los ojos de su abusadora. “Tal vez tenga razón, señora Herrera”, dijo Elena con voz tranquila. pero firme. Tal vez solo soy una mesera sin educación, pero al menos sé tratar a las personas con dignidad, algo que usted claramente nunca aprendió. La sorpresa en el rostro de la señora Herrera fue absoluta.
Nadie, en todos sus años como gerente le había hablado así. Por un momento, pareció que iba a estallar en furia volcánica. Pero entonces algo en los ojos de Elena, una determinación que no había estado ahí antes, la detuvo. “Vete”, dijo finalmente con voz tensa. “Vete antes de que haga algo de lo que ambas nos arrepintamos.” Elena salió de la oficina con la cabeza en alto, sintiendo una mezcla de temor por lo que vendría después y orgullo por finalmente haberse defendido.
Esa noche, cuando le contó a Sofía sobre el trabajo de intérprete y el pago, su hermana lloró de alegría. Los días previos a la gala pasaron en un borrón de preparación y ansiedad. Julián envió a su asistente personal, una mujer eficiente llamada Patricia, para coordinar todos los detalles con Elena. Le proporcionaron un elegante vestido negro de cóctel que probablemente costaba más que todo el guardarropa de Elena junto. Zapatos de tacón cómodos pero estilosos y hasta un estilista para arreglar su cabello y maquillaje.
Patricia le explicó que el evento sería en el hotel Insignia de Julián, el Gran Caribe Resort, y que Elena debía llegar 2 horas antes para familiarizarse con Carmen y repasar los detalles de la noche. Mientras tanto, la señora Herrera hacía todo lo posible para hacer miserable cada hora que Elena pasaba en el restaurante. La noche de la gala finalmente llegó. Elena se paró frente al espejo de su pequeño baño, apenas reconociendo a la mujer que le devolvía la mirada.
El estilista había transformado su cabello castaño en ondas suaves y elegantes que caían sobre sus hombros. El maquillaje era sutil pero sofisticado, resaltando sus ojos castaños y dándole un brillo saludable a su piel, usualmente pálida por el cansancio. El vestido negro se ajustaba perfectamente a su figura, haciéndola sentir por primera vez en años como algo más que una empleada invisible. Sofía estaba sentada en su cama mirando a su hermana con los ojos brillantes de orgullo. Signó con manos emocionadas.
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