Mi madre estaba de pie con los brazos cruzados. Mi padre tenía una expresión severa. Detrás de ellos estaba Laura, evitando el contacto visual.
Abrí la puerta lo justo para hablar. Mi madre se echó a llorar de inmediato, diciendo que todo había sido un malentendido, que no se habían dado cuenta de la gravedad de la situación. Sus palabras parecían ensayadas. Entonces mi padre añadió que el dinero no había llegado ese mes y que no entendían por qué.
Fue entonces cuando lo comprendí: no habían venido por mí. No habían venido por mis hijos. Habían venido por seguridad económica.
Respiré hondo y les recordé con calma, palabra por palabra, lo que me habían dicho en el hospital. Una molestia. Una carga. Mi madre intentó interrumpirme, pero continué. Les dije que mientras yo yacía en una camilla, sin saber si sobreviviría a la cirugía, habían elegido un concierto. Y que, una vez más, lo había resuelto todo yo sola.
Laura intentó defenderse, diciendo que las entradas eran caras y que se habían planeado con meses de antelación. Le pregunté si eso realmente importaba más que la seguridad de dos niños pequeños. Bajó la mirada y no dijo nada. Su silencio lo decía todo.
Les dije que no buscaba venganza, solo ponerles límites. Había pasado años ayudándolos económicamente, creyendo que la familia significaba apoyo incondicional. Esa noche demostró lo contrario. Les dejé claro que ya no dependeríamos el uno del otro. Mis hijos merecían personas que los priorizaran.
Mi padre levantó la voz y me acusó de reaccionar exageradamente.
Así que cerré la puerta.
No violentamente, sólo firmemente.
Me apoyé en él, temblando, pero segura. Por primera vez, me había elegido a mí misma y a mis hijos, aunque me doliera.
