Porque esto nunca se trató solo de una cena.
Les hice una lista de todo lo que me debían, no solo a mí, sino también a la abuela. Luego les expliqué lo que debían hacer: disculparse públicamente, enumerar sus deudas y comprometerse a pagarlas.
Esta vez no discutieron.
Y cumplieron su promesa.
Llegaron las disculpas. Luego los pagos. Incluso la abuela recibió dinero y una llamada sincera.
Cuando me preguntó qué había hecho, sonreí.
"Simplemente les ayudé a entender".
Después de eso, las cosas cambiaron poco a poco. Empezaron a aparecer más. Ayudaron. No a la perfección, pero sí de forma constante.
