Esa noche, en su habitación de hotel, Alejandro no pudo dormir. Cada vez que cerraba los ojos veía al niño. Y, peor: veía al Alejandro de ocho años, el niño que fue, una vez, cuando gritó que su papá no respiraba y los adultos dijeron “no exageres”, “no molestes”, “seguro está dormido”. Recordó el miedo. Recordó no ser creído.
Se levantó de golpe, sudando.
—No… —susurró—. No otra vez.
Al amanecer, sin decirle a nadie, manejó de regreso a la plaza.
El callejón olía a humedad y basura vieja. Y ahí estaba.
El niño seguía junto al contenedor, encogido, con la cara pálida y los labios morados. Como si hubiera pasado la noche completa vigilando un monstruo de metal.
Cuando vio el coche, se levantó tambaleándose y corrió.
—¡Volvió! —dijo con una esperanza rota—. ¡Señor, por favor! ¡Salve a mi mamá! ¡No tengo a nadie más!
Alejandro se agachó, y esta vez no lo apartó.
—¿Cómo te llamas?
—Mateo —respondió el niño, ronco de tanto llorar—. Mi mamá se llama Camila. Anoche… la oí gritar. Luego la voz se fue haciendo chiquita. Pero está ahí.
Alejandro miró el contenedor. Una tapa oxidada. Nada más. Y aun así… el temblor de Mateo no era teatro.
—Está bien —dijo, con una firmeza que se sorprendió de escuchar en su propia voz—. Te creo.
Mateo soltó un sollozo tan grande que parecía venirle desde los huesos.
Alejandro marcó a emergencias, y después al comandante municipal, Ruiz, a quien le habían presentado la noche anterior.
—Comandante, necesito una patrulla ya. Y una ambulancia. Posible persona encerrada en el contenedor junto a la plaza.
Hubo una pausa.
—¿Estás bromeando, Cárdenas?
—No lo repito dos veces —dijo Alejandro, helado—. Vengan.
Cuando llegaron, algunos policías lo miraron con cara de “qué pérdida de tiempo”. Un oficial golpeó el metal con la macana.
—¿Ve? Nada.
Mateo lloró y empezó a golpear el contenedor con sus puñitos.
—¡Mamá! ¡Soy yo! ¡Aguanta!
Y entonces… sonó.
Un golpecito desde adentro. Débil. Irregular. Pero real.
El oficial se quedó blanco.
—¡Comandante… hay algo ahí!
De pronto todos se movieron. Palanca, fuerza, metal chillando. La tapa se levantó con un rechinido que puso la piel de gallina.
El olor pegó como pared.
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