—No hay contactos de emergencia. Solo el trabajo —respondió el médico, mirándolo como si le devolviera una responsabilidad que Eduardo nunca había querido.
De regreso a la ciudad, Sofía despertó y susurró desde el asiento trasero:
—¿En su casa hay comida? Tengo hambre… pero no quiero molestar.
Eduardo miró por el retrovisor. Esa educación en medio del miedo lo desarmó.
—No molestas. Nunca.
Llevar a Sofía a su mansión fue como hacer chocar dos mundos. Ella se quedó inmóvil en el hall de mármol, mirando el candelabro de cristal, las columnas, la escalera curva. Sus chanclas rotas parecían una blasfemia sobre el suelo brillante.
—Guau… ¿Aquí vive usted?
Por primera vez, Eduardo vio su propia casa como algo frío. No era un hogar. Era una vitrina.
La gobernanta, Carmen, apareció con su eficiencia de siempre… y con una desaprobación que no intentó ocultar.
—Señor Mendes, no sabía que esperábamos visitas.
—No esperamos. Ella se queda —respondió él, firme.
En la cocina, la cocinera Francisca preguntó por alergias hablando como si Sofía no existiera. Eduardo la corrigió, casi irritado.
—Pregúntale a ella.
—No sé qué es alergia —dijo Sofía, mordiendo el sándwich con hambre evidente—. Mi mami dice que la comida no se desperdicia, así que yo como todo.
El silencio fue pesado. Eduardo entendió algo incómodo: la frialdad que él había cultivado se había filtrado en su casa, en su gente, en su manera de mirar a los “otros”. Y ahora ese espejo le devolvía una imagen que no le gustaba.
Esa noche, a las dos de la madrugada, escuchó un llanto. Encontró a Sofía encogida en la cama enorme, temblando como una hoja.
—Soñé que mi mami no vuelve… y que mi papá viene por mí —sollozó—. Yo no quiero ir con él. Grita mucho… y huele feo.
Eduardo se sentó en la orilla sin saber qué hacer. Años atrás había tenido un hijo, Lucas, pero su divorcio lo convirtió en visitante ocasional y luego en extraño. Creyó que la paternidad era una puerta cerrada. Ahora, esa niña le estaba entregando una llave.
—No voy a dejar que te pase nada malo —le prometió—. Me quedo aquí hasta que te duermas.
Sofía se durmió con su respiración pegada a la de él. Eduardo, en cambio, se quedó despierto, sintiendo una rabia vieja renacer: la rabia de ver a un adulto aplastando a un niño.
Al día siguiente, el hospital llamó. María estaba consciente y quería ver a su hija, pero el médico pidió hablar con Eduardo en persona. Cuando Sofía abrazó a su madre, el amor entre ambas llenó la habitación como luz. María lloró de gratitud, y en su vergüenza dijo lo que Eduardo necesitaba escuchar:
—Yo pensé que si usted sabía mis problemas, me despedía. Usted siempre parecía tan… lejos.
Le dolió porque era verdad.
Luego, en el consultorio, el doctor Carvalho soltó la bomba completa: además de todo, María tenía un problema renal en etapa inicial. Tratamiento largo, caro. Si no lo hacía, podía empeorar de forma irreversible.
Eduardo no preguntó si podía pagar. Preguntó cómo no había visto antes lo obvio: que detrás de cada uniforme había una vida.
—Su empleo está garantizado —le dijo a María—. Con aumento, plan de salud, todo. Y Sofía se queda conmigo el tiempo que haga falta.
María intentó negar, llamarlo caridad. Eduardo la cortó con una palabra que le salió del fondo, como una confesión:
—No es caridad. Es justicia.
Durante la segunda semana, Sofía llenó la casa de risas. Carmen, contra todo pronóstico, empezó a ablandarse, aunque lo disimulaba. Francisca se dejó conquistar por los “gracias” constantes de la niña. Eduardo transformó un estudio en un cuarto cálido, compró juguetes sin saber cuáles, aprendió a untar mantequilla, a escuchar historias sin mirar el reloj. La mansión, por primera vez, sonaba viva.
Entonces, una tarde, la campana sonó con insistencia. Carmen regresó con el rostro tenso.
—Señor… hay un hombre. Dice que es el padre de Sofía.
La niña dejó el lápiz y se escondió detrás de Eduardo.
—Es él… ¿me va a llevar?
Eduardo sintió el mismo hielo en la sangre que aquel día en la oficina. En la entrada apareció Roberto Santos: ropa arrugada, barba de varios días, ojos rojos, olor a alcohol. Miró la casa con una codicia descarada.
—Así que tú eres el ricachón que juega a ser papá de mi hija.
Eduardo mantuvo la voz controlada.
—Vienes tarde para acordarte que eres padre.
Roberto rió con desprecio.
—Tengo derechos. Y si quieres que la cosa sea fácil… podemos arreglarlo. Cinco mil al mes y me olvido del problema.
Era chantaje, sin máscara. Y lo peor era que el sistema, con papeles y formalidades, podía darle espacio a un hombre así.
Esa noche, Eduardo llamó a abogados, investigó, documentó. La visita de una asistente social llegó como una amenaza real: “protocolos”, “custodia”, “reunificación familiar”. Sofía, temblando, dijo que su padre gritaba, rompía cosas, bebía “un líquido que huele feo”. Pero a los seis años, su miedo podía ser considerado “influencia”.
Eduardo se dio cuenta de que la batalla ya no era sentimental. Era legal.
Fue entonces cuando, mirando a Sofía dormir, apareció una verdad aterradora: se había apegado a ella como no se había permitido apegarse a nadie en décadas. Y el espejo le devolvió el nombre que evitaba: Lucas, su hijo biológico, quince años, lejos.
Al día siguiente, visitó a María en el hospital. Ella ya sabía de Roberto. Tenía miedo.
—No sé qué hacer —lloró—. Él nunca quiso ser padre y ahora aparece exigiendo.
Eduardo respiró hondo, como quien firma el contrato más importante de su vida.
—Quiero ayudarte de forma permanente. Quiero adoptar a Sofía. Con tu permiso. Quiero protegerla… y estar presente, de verdad.
María lo miró como si no entendiera que un hombre poderoso pudiera hablar así sin arrogancia. Lloró, pero no de tristeza.
—Sofía habla de ti todo el tiempo. Y yo… yo solo quiero que mi hija esté a salvo.
El médico aceptó documentar su opinión: entregar a Sofía a Roberto sería perjudicial. Los abogados prepararon el caso. Roberto, por su parte, contestó con suciedad: se presentó como “rehabilitado”, “empleado”, “nuevo hombre”, con papeles dudosos.
Tres días antes de la audiencia, la llamada que cambió todo llegó desde la comisaría: Roberto había sido detenido por agresión y desacato, borracho, gritando que iba a “recuperar a su hija del ricachón”.
Eduardo sintió alivio… y una tristeza amarga, porque ninguna niña debería necesitar que su padre se destruya para estar a salvo.
El día del tribunal, Sofía llevaba un vestido azul. Buscaba a Eduardo con los ojos como quien busca tierra firme en medio del mar. Roberto apareció esposado, con un traje prestado y la dignidad rota. La jueza escuchó. Preguntó. Miró documentos. Y, al final, habló con Sofía en privado.
Cuando regresaron, el rostro de la jueza se había suavizado.
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