Eduardo Mendes levantó el auricular con la misma calma con la que firmaba contratos millonarios. Desde el piso treinta, la ciudad parecía un tablero de ajedrez: autos como piezas, personas como puntos diminutos, vidas que no le pertenecían. En su oficina todo olía a cuero, a madera pulida y a aire acondicionado demasiado frío. A los cincuenta y dos años, Eduardo se había convertido en un hombre de reglas simples: puntualidad, eficiencia y cero tolerancia para excusas.
Sobre su escritorio reposaba el informe de recursos humanos, abierto como una sentencia. Un nombre subrayado en rojo le mordía la paciencia: María Santos, personal de limpieza, tercera ausencia consecutiva sin justificación.
—Inaceptable —murmuró.
No era odio lo que sentía, sino algo que se parecía más al orgullo ofendido. Para él, si alguien fallaba en lo básico, era porque no merecía estar allí. La decisión ya estaba tomada. Iba a despedirla. Rápido, limpio, sin lágrimas. Un procedimiento quirúrgico.
Marcó el número de la ficha laboral imaginando el discurso: “responsabilidad”, “consecuencias”, “la empresa no es una ONG”. El teléfono sonó una vez, dos veces. A la tercera, alguien atendió.
—¿Papá? ¿Hola? ¿Eres tú? —susurró una voz pequeña, temblorosa.
Eduardo frunció el ceño. No era una mujer adulta. Era una niña. Por un segundo pensó que había marcado mal, pero el número era correcto.
—Necesito hablar con María Santos —dijo, tratando de mantener su tono de director general.
—Señor… —la voz se quebró—. Mi mami no se despierta.
Ese simple murmullo le atravesó el pecho como una aguja. Eduardo se enderezó en la silla. Algo en la urgencia infantil perforó su armadura de hombre frío.
—¿Cómo que no se despierta? ¿Dónde estás? —preguntó, ya de pie.
—En casa. Estaba en el sofá… y se quedó quietita. Respira raro. Hace un sonido feo… —La niña comenzó a llorar bajito—. No sé qué hacer. Mi papá se fue hace mucho.
Eduardo tragó saliva. De pronto el informe en rojo dejó de importar. En la pantalla de su mente ya no había cifras ni ausencias, solo una niña de seis años intentando salvar a su madre con una llamada desesperada.
—Escucha con atención —dijo, conteniendo el temblor—. ¿Cómo te llamas?
—Sofía. Tengo seis.
—Sofía, fuiste muy valiente al atender. Necesito que me digas tu dirección.
La niña la recitó con la precisión de quien la había repetido mil veces por miedo a perderse. Un barrio periférico, de esos que Eduardo solo veía pasar desde el auto con los vidrios polarizados. Tomó las llaves, dejó el saco impecable colgado en la silla y salió sin avisar a nadie, como si su vida perfectamente planificada acabara de recibir un golpe invisible.
—Voy a llamar a una ambulancia y voy a ir yo también —le prometió—. ¿Puedes abrirme cuando llegue?
—¿De verdad va a venir? —preguntó Sofía, como si no creyera en los adultos—. Mi mami dice que usted es muy importante.
Eduardo se quedó quieto en el pasillo del edificio. “Importante”. Nunca esa palabra le había sonado tan vacía… y, sin embargo, tan exigente.
—Sí, Sofía. Voy a ir. No estás sola.
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