Los días siguientes fueron una carrera frenética contra el olvido. Miguel trabajaba desde el alba hasta que sus manos ya no podían sostener el martillo. Gracias a la recomendación de Doña Lupita y a la aparición del abogado Arturo Salinas, quien movió su caso, Miguel obtuvo los fondos necesarios para realizar reparaciones críticas. Cambió las tejas rotas, reforzó las vigas que amenazaban con caer sobre las camas de sus hijos y pintó las paredes que durante años solo conocieron la humedad y el abandono. Los niños, viendo el cambio, empezaron a participar: Ximena barriendo, los gemelos cargando agua, y finalmente Emiliano, rindiéndose a la realidad de un padre que se quedaba.
Cuando la licenciada Sofía Quintana regresó para la inspección final, se encontró con una casa que ya no era una ruina. Había luz, agua corriente, comida en la alacena y, sobre todo, una sensación de orden que antes era inexistente. Sofía habló con cada uno de los niños y vio la transformación en sus rostros. Al final de la visita, guardó su carpeta y le dio a Miguel la noticia que salvó su alma por segunda vez: los niños se quedarían bajo su cuidado formal. Miguel respiró por primera vez en ocho años con la certeza de que el sistema ya no podía arrebatárselo todo.
El abrazo de Emiliano
Esa misma noche, después de que la trabajadora social se fuera, Emiliano se acercó a Miguel en el patio. El silencio entre ellos siempre había sido tenso, pero esta vez era diferente. "Papá... perdón por lo que te dije. Era más fácil odiarte que aceptar que mamá nos dejó", confesó el adolescente entre lágrimas. Miguel soltó sus herramientas y abrazó a su hijo con toda la fuerza acumulada de sus años de soledad. En ese abrazo, la familia Montoya dejó de ser un grupo de supervivientes para convertirse de nuevo en una familia unida por la sangre y la voluntad de hierro.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
