Miguel intentó asimilar el golpe, pero la realidad era un muro de concreto. Emiliano y Ximena habían sobrevivido milagrosamente, cuidando de los gemelos en una casa que amenazaba con derrumbarse. El resentimiento de Emiliano era una llama que quemaba a Miguel: "Tú no estabas cuando mamá empezó a beber. Tú no estabas cuando trajo extraños a casa y se fue dejándonos una nota". Cada palabra de su hijo era una navaja que cortaba la inocencia de Miguel. No importaba que fuera inocente ante la ley; para sus hijos, era el culpable de no haber estado para protegerlos.
Miguel salió al pueblo con sus únicos cincuenta pesos. El rechazo fue instantáneo. Doña Chayo, en la tienda local, le negó el crédito por las deudas que Lorena había dejado. Miguel regresó con apenas un poco de arroz y frijol, sintiendo la vergüenza de no poder proveer para quienes lo habían esperado tanto tiempo. Para empeorar las cosas, la trabajadora social Sofía Quintana apareció con un ultimátum: quince días para mejorar las condiciones de la casa o el DIF se llevaría a los niños. Miguel se vio atrapado en una carrera contra el reloj, sin dinero, sin trabajo y con un nombre manchado por el lodo de la sospecha.
La mano amiga de Doña Lupita
Justo cuando la desesperación estaba a punto de vencerlo, Doña Lupita Salgado, la maestra jubilada del pueblo, apareció como un ángel en el desierto. Ella lo conocía desde niño y sabía que Miguel no era un criminal. Le ofreció trabajo reparando su casa y, lo más importante, le dio su voto de confianza. Con ese primer pago y una bolsa de comida, Miguel regresó a su hogar no como un preso, sino como un trabajador. Emiliano observó el mandado y, por primera vez, el odio en sus ojos cedió un poco ante la imagen de un padre que, con las manos callosas, empezaba a reconstruir el mundo.
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