Respiré hondo. Cuando salí del dormitorio, ellos se callaron de inmediato. Carmen me miró con su sonrisa falsa de siempre y preguntó si necesitaba ayuda con los zapatos. Yo les devolví la sonrisa, amplia, serena, casi feliz.
—No, gracias —respondí—. Todo está perfecto.
Por dentro, ya estaba tomando una decisión. Y mientras ellos creían haber ganado, yo acababa de empezar a jugar. Lo que ninguno sabía era que no pensaba ser la víctima de su plan.
Esa misma noche casi no dormí. No por miedo, sino por estrategia. Repasé mentalmente cada detalle de lo que había escuchado, cada gesto extraño de los últimos meses. Recordé cómo Carmen había insistido en acompañarme al notario, cómo Álvaro había minimizado mi incomodidad diciendo que yo “me ponía paranoica”. Todo encajaba con una claridad dolorosa.
A la mañana siguiente llamé a Javier Moreno, un antiguo compañero de universidad que ahora era abogado especializado en derecho familiar. No le conté todo por teléfono; solo le pedí una cita urgente. Cuando nos sentamos frente a frente, le relaté cada palabra que había oído. Javier no me interrumpió. Al final, suspiró y me dijo algo que confirmó mis sospechas: el plan era realista, legalmente posible… y extremadamente peligroso para mí.
Durante las semanas siguientes actué con cuidado. Fingí normalidad. Seguí hablando de flores, de invitados, de la luna de miel. Mientras tanto, con la ayuda de Javier, cambié testamentos, protegí mis bienes, reuní pruebas. Grabé conversaciones, guardé mensajes, copié documentos. También visité a un médico de confianza y pedí evaluaciones psicológicas oficiales, no porque dudara de mi salud, sino porque sabía que podrían intentar usarla en mi contra.
Álvaro empezó a impacientarse. Me pedía que firmara ciertos papeles “antes de la boda para no perder tiempo”. Yo siempre encontraba una excusa. Carmen, por su parte, empezó a mostrarse más fría. Ya no disimulaba del todo su desprecio. Eso me confirmó que iba por buen camino.
El día antes de la boda, reuní a todos en el salón del apartamento. Dije que quería brindar, que era un momento especial. Álvaro sonreía, nervioso. Carmen cruzaba los brazos. Entonces, con una calma que sorprendió incluso a mí misma, saqué una carpeta y la puse sobre la mesa.
—Antes de casarnos —dije—, quiero aclarar algo.
Abrí la carpeta. Dentro había copias de grabaciones, documentos y un informe legal. El silencio fue absoluto. Carmen se levantó de golpe. Álvaro palideció.
—Escuché todo —continué—. Sé exactamente lo que planeaban hacer conmigo.
Por primera vez, vi miedo real en sus ojos.
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