Mientras me probaba los zapatos de boda, escuché por casualidad a mi suegra decir: —¿Estás segura de que ella no sospecha nada? Queremos quedarnos con su apartamento y con su dinero. Después la enviaremos a un manicomio. Me quedé sin palabras. Y entonces… sonreí.

Estaba sentada en el borde de la cama, probándome los zapatos de novia que había comprado con mis propios ahorros. Eran sencillos, blancos, cómodos. No quería nada ostentoso; quería empezar mi matrimonio con calma y dignidad. Mi nombre es Lucía Martínez, tenía treinta y dos años y me iba a casar con Álvaro Ruiz, un hombre que creía conocer desde hacía cinco años. El apartamento donde vivíamos era mío, heredado de mi abuela, y también era yo quien había puesto la mayor parte del dinero para la boda. Aun así, nunca me había parecido un problema. Creía que el amor era compartir.

Mientras ajustaba la hebilla del zapato izquierdo, escuché voces en el pasillo. Pensé que era Álvaro hablando por teléfono, pero entonces reconocí la voz aguda y firme de mi suegra, Carmen López. No pretendía escuchar, pero sus palabras me dejaron helada.

—¿Estás seguro de que ella no sospecha nada? —dijo Carmen en voz baja, aunque no lo suficiente—. Tenemos que quitárselo todo: el piso y su dinero. Después, con los informes adecuados, la mandamos a un psiquiátrico. Nadie le creerá.

El aire se me quedó atrapado en el pecho. Escuché la risa contenida de mi cuñada Marta, y luego la voz de Álvaro, dudosa pero presente.

—Mamá, creo que exageras… pero sí, ella confía plenamente. Todo está a su nombre ahora, pero después de la boda…

No escuché más. El sonido empezó a zumbarme en los oídos. Mis manos temblaban, pero mi mente se volvió extrañamente clara. No grité. No lloré. Me levanté despacio, me miré al espejo y vi a una mujer pálida, pero lúcida. Entendí de golpe cada comentario extraño, cada insistencia en que firmara papeles “por comodidad”, cada broma sobre mi “sensibilidad”.

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