Estaba sola en el dormitorio, sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra, probándome los zapatos de boda frente al espejo.
Mi vestido seguía colgado en su funda blanca, intacto: limpio, silencioso, lleno de promesas. En menos de dos semanas, debía casarme con Daniel, el hombre que creía conocer mejor que nadie.
Mi apartamento —espacioso, soleado, en pleno centro de Valencia— se había convertido poco a poco en el centro de las bodas. Daniel decía que simplemente era "más cómodo". Nunca lo cuestioné.
Al abrocharme la correa del zapato izquierdo, se oían voces desde la cocina. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Reconocí al instante la voz de Carmen: mi futura suegra. Tranquila. Controlada.
Me quedé paralizada.
¿Estás segura de que no sospecha nada? —preguntó Carmen.
Me dio un vuelco el corazón.
Daniel respondió con una voz que nunca antes había oído: fría, segura.
No, mamá. Laura confía plenamente en nosotros. Una vez casados, todo estará a nuestro nombre. Una oleada de hielo me recorrió la espalda. Carmen rió suavemente.
“Perfecto. Primero le quitamos su apartamento y sus ahorros. Luego alegamos que es inestable. Con unos informes médicos y el abogado adecuado, la internaremos. Nadie la creerá.”
Me temblaron las manos. El zapato se me resbaló de los dedos y cayó al suelo. Me tapé la boca con la mano para no gritar.
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