Marcus permaneció sentado en silencio, con lágrimas corriendo por su rostro; lágrimas no de venganza, sino de liberación. No lloraba la pérdida de su riqueza; lloraba la ilusión del amor en el que una vez creyó. Lloró por el hombre que había amado ciegamente, por el sueño convertido en cenizas.
Pasaron los meses. Daniela, privada de lujos y abandonada por sus superficiales amigos, vivía en un apartamento medio vacío que apenas podía permitirse. Sus joyas ahora le pesaban, recordatorios de todo lo que había perdido.
Una tarde, vio a Marcus en una calle de la ciudad. Caminaba junto a una mujer amable y elegante, de la mano entrelazada, y un niño pequeño le cogía de la otra. Su risa era suave, su mirada apacible. Daniela se quedó paralizada, escondida tras el escaparate de una tienda. Ya nadie la reconocía; era solo una sombra de la mujer que una vez fingió ser.
Mientras veía a Marcus alejarse, una lágrima resbaló por su mejilla. El hombre del que se había burlado ahora se erguía, amado y libre. Y ella, rodeada de joyas que ya no brillaban, finalmente comprendió la cruel verdad: había cambiado el amor por la vanidad y había quedado sin nada.
Marcus, una vez destrozado, encontró la paz. Daniela, una vez poderosa, se quedó en silencio.
Y en ese silencio, escuchó el eco de su propia caída, cada insulto, cada risa cruel, que regresaba a ella como una maldición que ella misma había escrito.
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