Las horas siguientes se convirtieron en una neblina de pasillos estériles, preguntas recortadas y formularios que pasaban de un escritorio a otro sin que nadie nos mirara a los ojos. El tiempo se desdibujó. Se llevaron a Emery para una evaluación médica completa y no nos permitieron seguirlo.
Sólo estaba Heather.
La vi caminar por el pasillo junto a la enfermera, con sus tacones resonando suavemente contra el suelo. Agarraba su bolso con ambas manos como si fuera un ancla, con la espalda recta y el rostro impasible. No se giró. No preguntó si estaríamos bien. No preguntó cómo estaba Emery.
Ella simplemente se fue.
—No me gusta eso —murmuró James a mi lado.
“¿Cómo qué?” pregunté, aunque algo en mi pecho ya lo sabía.
—Su cara —dijo—. No lloró. No entró en pánico. Ni siquiera preguntó por el bebé. Eso no es conmoción, es distancia.
Tenía razón. Heather no parecía una madre aterrorizada por perder a su hijo. Parecía alguien que ya estaba barajando escenarios, preparando defensas.
Llegó la medianoche y pasó antes de que finalmente sonara el teléfono.
El hospital confirmó que Emery estaba estable, pero la mantendrían en observación durante la noche. Los moretones no fueron accidentales. La voz del médico era cuidadosa, precisa, entrenada para suavizar la devastación, pero sus palabras aun así le dolieron profundamente.
