En el tranquilo pueblito de Silverwood, Claire lleva una vida tranquila con su esposo y su pequeño hijo adoptivo, Malo. Una tarde, mientras jugaba tranquilamente, el niño pronunció una frase que la dejó paralizada. No fue una tontería, ni uno de sus caprichos habituales: palabras precisas, acompañadas de dibujos que dibuja día tras día. Sensible y observadora, Claire intuye de inmediato que algo anda mal. ¿Por qué su pequeño parece estar describiendo a una mujer que no conoce? ¿De dónde proviene esta asombrosa certeza?
Mientras su esposo minimiza las afirmaciones de la niña, Claire duda. ¿Debería tomarlo todo en serio o descartarlo como producto de su imaginación? Sin embargo, los detalles que repite Malo son demasiado específicos como para ignorarlos. Como muchos padres ante una situación desconcertante, se debate entre la razón y la intuición.
La duda se infiltra y la verdad se hace presente.

Con el paso de los días, Claire siente una alarma interior. Al revisar el expediente de adopción, descubre documentos incompletos, nombres imposibles de verificar y zonas grises que la inquietan profundamente. Nada dramático en sí mismo, pero lo suficientemente extraño como para alimentar sus preguntas. Su esposo, mientras tanto, se retrae. Cuanto más investiga, más se irrita él. Y cuando el niño menciona una parte antigua de la propiedad que Claire nunca había explorado, su preocupación se transforma en una necesidad de comprender.
Como cualquier heroína de una historia llena de giros inesperados, Claire decide actuar. Pide ayuda para inspeccionar esta zona olvidada del jardín, convencida de que encontrará allí algo que pueda arrojar luz sobre la historia de Malo. Lo que descubre no es casualidad: rastros de un pasado olvidado, elementos que corroboran los relatos del niño y, sobre todo, una verdadera razón para seguir investigando.
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